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Sentimientos de una mamá de 3 años

Hoy es un día especial porque por fin, luego de 3 largas semanas puedo sentarme a escribir tranquila en mi blog. Con una taza de café al lado, sin bulla y sin desorden, miro mi computadora y pienso en ellos. Y es que así somos las mamás, con sentimientos cruzados y contrariedades de la vida. Tanto quise que llegara el primer día de nido luego de las vacaciones, que ahora solo miro el reloj para ir a recogerlos lo más pronto posible. Ay las mamás.

Agosto es un mes lindo, el más bonito de todo el año realmente. Celebro la llegada de mis hijos al mundo con una gran emoción y una vez más, con sentimientos encontrados, me da la llorona días antes y días después del evento. Y no es porque sea de esas mamis que lloran porque sus hijos se hacen grandes e imaginan el día que se gradúen de la universidad y se vayan a vivir solos cuando solo han cumplido 3 años. Sino, creo que me siento demasiado sensible y emocionada en extremos por el simple hecho que cumplir un año más juntos. Un año más de celebrar la vida de mis 2 creaciones perfectas para mí. Un año más de retos cumplidos y escalones superados. Un año más de paciencia, creatividad, malabarismo, atención, cuidado, protección, preocupación, y mucho más. Es como llegar a una mini meta dentro de una gran meta que es su vida misma. Eso, me emociona mucho porque nunca creí que me dieran esa bendición tan grande de ser una mamá de mellizos. Y el hecho de cumplir un año más, con una sonrisa en sus caritas, es que debo estar haciendo algo bien.

Recuerdo que hace 3 años fui a la clínica solo por mi control de las 34 semanas. Mi corazón me decía que algo no estaba saliendo como yo pensaba (imaginaba llegar por lo menos a la semana 38 porque le tenía TERROR a la prematuridad), pero no lo escuché y seguí pensando así. Cómo me molestaba cuando la gente me decía “no llegas ni a la 36 te apuesto”, me dolía un poco de verdad, porque era una de esas frases que uno prefiere guardar en el último cajón de sus necesidades porque no suman, solo desmotivan y desestabilizan. Pero así fue, no llegué ni a la 36, ni a la 35… ese mismo día de mi control, me operaron. Los bebes ya habían ocupado todo el espacio existente en mi cuerpo, tanto así que tenía la vesícula casi en la espalda, debajo de la axila. Y la frase que lo cambió todo fue la que me dijo el doctor al terminar la ecografía: “Listo, en dos horas conocerás a tus bebés”. 

Me quedé helada por unos segundos, sin reacción, solo miraba a Lalo y las lágrimas salían de mis ojos. Tantas preguntas, pensamientos y dudas juntas me dejaron congelada. ¿Cuánto iban a pesar? ¿Cómo iban a estar? ¿Necesitarían incubadora? ¿Y si no tengo leche para ellos? ¿Si ellos aún no estaban preparados? ¿Estaba yo preparada? ¿Mi maletín? ¿El cordón umbilical? ¿El cuarto de la casa? ¿Mi mamá? De pronto empezó a suceder. Mi mamá me trajo el maletín, aún sin preparar y yo entré a un cuarto para que empezaran a prepararme y el tiempo corrió demasiado rápido.

Dieron las 2 de la tarde y entré a la sala. Me despedí de mi mamá y le dije a Lalo, “te veo adentro”. Nunca imaginé que me tocaría recibir a mis bebé a mi sola, sin su papá a mi lado. Pero así fue, luego ya el doctor nos contó que al ser un parto de emergencia y múltiple, yo perdería mucha sangre y los bebes nacerían pequeños, que podía ser una impresión muy fuerte para el padre y no podría atender a dos adultos a la vez (a la que estaba pariendo y al desmayado). Gracias a Dios, tengo un ángel en el cielo (mi papá) quien estoy segura que me acompañó todo el tiempo. Y estoy segura porque en un momento, cuando entendí que Lalo no entraría cuando sentí el primer corte, cerré los ojos y le pedí a mi papá que me diera la mano. En ese momento sentí una mano sobre la mía y abrí los ojos en el instante para ver quién me estaba agarrando, y no había nadie. Era él, sin duda alguna.

El primero en salir fue Marcel, a las 2:35 pm con 2.480 kg y 47 cm. y luego Naelle, a las 2:38 pm con 2.020 kg y 44 cm. Los dos demoraron un poco en llorar, pues hay nacimientos más complicados que otros y en este casi, los latidos de Naelle dentro de mi panza ya estaban bajando un poco. Es decir, empezó a hacer sufrimiento fetal pero salió a tiempo gracias a Dios. Al segundo que salieron y no escuchar sus llantos me desesperé, grité “por qué no lloran!!!” y me los enseñaron por unos segundos, ya llorando, pero se los llevaron al toque a sus cunetas para subirlos a la sala de bebes, revisarlos y regularlos. Su papá, afuera, los vio salir en el carrito cuando aún esperaba entrar conmigo para ver el nacimiento, ahí se enteró que no entraría. Sería muy chistoso conocer ese lado de la historia. Algún día le pediré que lo escriba.

Ese fue el día más feliz-angustiante de mi vida. Feliz porque nacieron las dos razones de mi vida, y angustiante porque es duro no tenerlos al lado cuando recién llegan al mundo. Estuvieron en incubadora dos días y el primer contacto que tuve con ellos fue al día siguiente y a través de un vidrio. Es triste, y hasta hoy se me llenan los ojos de lágrimas al recordarlo. Pero hoy, agradezco desde lo más profundo de mi alma a la vida por haberme dado esa oportunidad, de ser mamá de dos, a la vez; de probar mis fuerzas, coraje, valentía y empeño por luchar junto a ellos para salir rápido de una prematuridad, que felizmente, no fue extrema.

Por eso, este tercer año juntos recuerdo y celebro cada talla de pañal que aumetábamos juntos, cada talla de ropa que dejaban por quedar chica, cada onza de leche aumentada, cada gramo subido y cada felicitación al ir a los controles mensuales con el pediatra. Celebro eso y mucho más. Celebro sus mágicas vidas en mí vida.

Creo que no me alcanzará esta vida para agradecer por ustedes… los amo infinito!

*Pensé hacer el post cumpleañero, pero creo que tenía tan guardado esto de mis sentimientos encontrados que lo escribí. Ya viene el post con los tips y detalles por los 3 años melliceros de Masha y el Oso.

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Una lactancia mellicera complicada

Era hermoso tener a mis hijos en mi pecho. Los dos a la vez luchando por quién se llevaba la mejor parte de la comida. Los veía, tocaba suavemente sus cabecitas y podía sentir ese lazo fuerte del que todas las madres hablan. Fue un mágico momento. Pero fue muy corto, y duro.

Recuerdo que antes de dar a luz me proyectaba visualizando la refrigeradora llena de bolsas de leche congelada, para darles a los mellis cuando yo volviera a trabajar. Me veía como una real vaca lechera entrando al lactario del trabajo varias veces al día para descargar leche con mi potente extractor de cientos de soles que me compró mi esposo. Y nada salió como yo esperaba.

Mis hijos nacieron de 34 semanas, obviamente no pudieron ponerlos en mi pecho ni bien nacieron porque se fueron corriendo a la incubadora a hacerse las pruebas respectivas cuando un bebé nace prematuro. Por ende, tuvieron que darles fórmula y no me opuse. ¿Por qué? Porque al estar bajos de peso lo primero que tienen que hacer es recuperarse para salir de alta e irse a casa conmigo. ¿Fue difícil? Una de las cosas más difíciles de mi vida podría decir. Me sacaba el calostro con el extractor y  las pocas gotas que salían iban directamente para ellos. Yo estaba feliz con cada gota. “Ya saldrá más”, me decían todos, “solo tienes que seguir estimulando, y cuando ellos lacten, será mejor”. La esperanza y la fe es lo último que se pierde después de todo. Yo seguía positiva.

Llegué a casa con ellos en brazos y empezamos con la práctica. Simplemente no dormía nada, me los ponía en el pecho y luego me ponía el extractor. Cada 2 horas era lo mismo, sin parar. Mañana y noche. No podía parar hasta que mi producción aumentara. Era una obsesión, miraba onza a onza cómo iban llenando los biberones lentamente y sufría con cada succionada furiosa de mis hijos al no obtener la cantidad de leche que ellos querían. Por eso, siempre después de la lactada, venía la fórmula. Nunca me opuse a ella, porque mi objetivo era que salgan pronto de la prematuridad.

Nunca faltaron los “sabios consejos”: “Déjalos con hambre unos días, ellos solos van hacer que aumente tu producción, no les des nada de fórmula, solo lo que te salga por más que sea casi nada”; “Toma esto, toma lo otro, párate de cabeza, te aseguro que así sale más”; “Pásate un peine por el seno”; “Toma cerveza”; “Relájate”. Eso último era lo peor. Cómo relajarme si tenía estos consejos como pan de cada día.

Yo lo intenté todo: tomé cascarilla de cacao; hinojo y algunas otras hierbas; Luego me dijeron que no importaba qué tomara, la cosa es que sea líquido, entonces instalé un bidón en mi cuarto y simplemente tomaba y tomaba agua; También me dijeron que descanse que eso ayudaba en la producción (esto sí que no pude hacer); Que deje correr el agua caliente en el pecho por varios minutos; y así muchas cosas locas que iba a escuchando pero no ayudaron mucho. Deben existir miles de tips para mejorar la producción, pero cuando no hay, pues no hay. Qué le vamos a hacer.

Una vez me dijeron que si no les daba de lactar a mis hijos, jamás sabría lo que era esa mágica conexión con ellos, que además la fórmula hacía mucho daño, que no había nada como la leche materna para que sean sanos al 100%. Todas esas ideas me enfermaron, me mandaron al hoyo y no hacía más que obsesionarme con el tema, mis hijos no podían tener una mamá que sea menos mamá por no darles la teta. Sufrí. Lloré mucho. Hasta que dije no más. No puedo dejarme comer la cabeza por todos esos comentarios que si bien tienen mucho de cierto, yo no seré menos madre por alimentar a mis hijos con fórmula. Yo tenía un objetivo, que mis hijos subieran rápido de peso y puedan salir de la prematuridad pronto, y si yo no podía contribuir a eso bueno pues, sería con fórmula sin roche. Basta de miedos, de vergüenzas y de ideas locas. Sería una mamá de fórmula que tendría la mejor conexión con ellos con el biberón de por medio.

Respeto mucho y admiro a las mamás que dan de lactar a sus hijos, tienen una gran suerte la verdad. Pero sería lo mejor que no se juzgue tan fácil a las mamás que por más que intentan no pueden, que por uno u otro motivo deben cortarse la leche si la tuvieran, que decidieron no dar de lactar a sus hijos por la razón que sea. Uno nunca sabe lo de nadie, y eso es lo que vale al final del cuento. Ambas son madres, dieron vida a un ser humano y no hay milagro más grande que ese.

Existe un mundo detrás de una decisión tan dura: dejar de darle el pecho a tu hijo. Puede verse como la “salida más fácil” el hecho de dar fórmula pero, no todas las historias son como uno cree. Una mamá de fórmula que dio todo de sí misma y al final tuvo que aceptar que no será mamá de pecho debe sentirse igual de orgullosa que las que dan de lactar por más de un año a sus hijos. Ambas son ganadoras de una gran lucha, porque es la verdad. La maternidad no es fácil.

Somos madres. Todas por igual, sean mamás de pecho o mamás de fórmula.