7

Un mes obsesivo compulsivo

El primer mes fue difícil. Noches en vela con una mano en el pack and play doble especial para mellizos y la otra dentro de mi cama, durmiendo cada 10 minutos un rato y otro rato chequeando si es que estaban respirando, mirando el reloj para ver cuándo tocaba la otra leche, tocándome las tetas a ver si tendría ya un poco más de leche… y muchas otras cosas que no me dejaban disfrutar de mi primer mes de mamá.

La rutina, si lo vemos desde afuera, llega a ser sencilla: los bebes duermen (más si son más chiquitos), pasan tres horas y les toca leche, cambio de pañal y otra vez a dormir. Así se pasa el día de la manera más rápida y con mayor razón si los protagonistas de la historia son 2 y comen a paso tortuga. Sí, mis hijos no eran muy comelones (siguen igual) y para darles la leche era un suplicio. Cada semana uno se turnaba para llevarle el título de bebé problema porque cuando uno quería comer lo hacía con unas ganas increíbles y el otro no. Pataleaba y volteaba la cara y así podía pasar hora y media y el biberón no bajaba ni media onza. Y eso que empezamos con 2 onzas para él y 1.5 para ella. Ahí empezaron mis pesadillas.

Gota a gota

 

Yo soñaba con verlos comer desesperados, succionando sin parar y secándose el biberón en menos de 15 minutos. Imaginaba cómo sería prepararles más leche apuradísima porque morían de hambre y disfrutaban tomando su leche. Error número uno: jamás debes querer que tu bebe sea de una forma cuando no lo es. Empecé a descubrir y conocer a cada uno de mis hijos. Mientras él a veces agarraba con sus manitos el biberón y me miraba a los ojos, ella quería comer pero al succionar tan rápido se atoraba. Moría de miedo cuando llegaba la hora de la leche por eso, por sus atoros.

Si bien nadie se ha ahogado con líquido, es un momento feo el ver que una personita toce sin saber lo que es una tos y trata de desatorarse solita. Yo no podía darle el biberón porque lo hacía con miedo, y eso está pésimo. Error número dos: jamás debes tenerle miedo a tus hijos.

Es así como ese primer mes entero tuve miedo de todo. Cada tres horas me ponía nerviosa y juro que persignaba antes de preparar el biberón para que: no se atoren, se tomen todo el biberón, engorden un poquito más. Error número tres: jamás demostrar ansiedad y menos al momento de cargar y estar con tus hijos. Es trillado pero eso de que uno trasmite todo a sus hijos es cierto al 100%. Mientras más quería que se tomen toda su leche, ellos menos lo hacían y si dejaban media onza o una onza algunas veces yo sufría y me preocupaba. Vivía perturbada por las onzas de leche que consumían al día y me hacía un mundo pensando en la cita a fin de mes con el pediatra.

El tener bebitos prematuros es muy difícil y si no crea un trauma en todas las mamás, en la mayoría de ellas sí. El querer que nuestros hijos estén subiendo de peso como deben, que entren en la curva de percentil de talla, peso y perímetro craneal se vuelve una obsesión. Aunque en el fondo sabemos que está mal comparar, soñamos con ver biberones vacíos en menos tiempo, en que las horas de tomar leche no sean una pesadilla y que los cólicos de gases sean nulos. Una mamá normal sueña eso, pero creo que cuando tienes bebitos que no llegaron a término esto se exacerba.

Traté de cambiar muchas veces pero si no era esa la obsesión, era el producir más leche que una misma vaca. Sumado al estrés de que cada 3 horas (que se convertían en dos por el tiempo que demoraban en tomar), estaba el tema de la sacada de leche. Error número cuatro: jamás te sugestiones con el tema de la leche porque si es así no sale ni una gota. Pasé mi embarazo pensando en los litros (no onzas) de leche que tendría para mis bebés, me compré, pads, cremas, extractor super premium, y bolsas de leche para refrigerar imaginando y utilizado “el poder de la ley de la atracción” pero ni eso sirvió. Pero igual estaba ahí dale y dale, estimulando con los bebes y con el extractor. Mis días eran obsesivamente obsesivos y no podía seguir así. Había dejado de ser esposa para volverme una mamá que ni tiempo tenía de conocer a sus hijos por estas locas ideas que la ataban de manos. La primera cita con el doctor haría que todo sea diferente.

Cada día trataba de no pensar en cuánto tomaban, si ya no querían leche trataba de pensar que dentro de tres horas tomarían más. Y si dentro de una hora no terminaban ya dejaría de darles e intentar que tomaran, su estómago debía descansar también y digerir bien lo que comían. Pero eso sí, no podía evitar alegrarme y hacer fiesta cada vez que terminaban un biberón. Lo mismo con la ropita. Cada vez que dejaban una pijamita que les quedaba chica lloraba de felicidad. Y los pañales! Cuando Naelle pasó de prematuro a Recién Nacido fue felicidad total, y lo mismo con Marcel cuando pasó de RN a Pequeño. Sí, era una Neuromamá en potencia y no me avergüenzo de ello porque algo me queda aún.

Mis bebitos sí estaban creciendo!

Mis bebitos sí estaban creciendo!

La vida de una nueva mamá se vuelve así, no hay calendario ni horario, el día se pasa alimentando a tu bebé y viviendo para él. Es el trabajo más hermoso del mundo después de todo y esas horas dedicadas al 100% a ellos son las más productivas en el futuro. Las que valen más y son las más caras a pesar de no ser un trabajo remunerado. Nadie luego podrá arrebatártelas y estarán más que orgullosa de haber estado ahí con tu hijo cuando más te necesitó para empezar a vivir en este mundo.