Mi chino y sus 4 puntos

Desde hace algunas semanas tengo en el aire (como flotando) muchas cosas que me definen como persona. Ese tipo de cosas que si no haces en un día te hacen tanta falta que casi casi puedes sentir como si te faltara el aire para respirar. Pero mi cerebro entiende, muy en el fondo, que no todo se puede hacer aunque mi alma de “mujer maravilla”, como me dijeron hace poco, lo crea posible. Dejé muchos post’s en borradores mentales, fotos en el carrete de mi celular, mensajes sin responder, saludos sin enviar, abrazos sin entregar, buenas vibras sin transmitir y por si fuera poco… dejé palabras sin decir. Sea por falta de tiempo, valor, ánimo o lo que sea, no las dije, pero el tiempo pasa y hoy ya no es lo mismo que ayer, pero nunca es tarde para contar lo que el corazón muchas veces guarda en silencio.

Siempre he hablado de lo difícil que es para mí trabajar fuera de mi casa. Despertarme cuando aún es de noche y hacer todo en “mute” para que los mellis no se despierten y casi ni se den cuenta que ya me fui a trabajar. Que los hace más independientes, sí; que los hace más fuertes, sí; que les enseña el valor del esfuerzo por tener lo que tienen, sí; que se me estruja el corazón con cada aviso de caída, golpe o accidente conmigo lejos de ellos, también. Todo eso y muchas cosas más podría decir de las ventajas y no tan ventajas de una mamá que trabaja en oficina. Hoy que ya tienen 3 años de hecho es mucho más sencillo que antes, y aunque entienden que me voy al trabajo, hay días difíciles que se despiden con un un “mamá no te vayas” y un puchero seguido de esos ojos llenos de lágrimas que a cualquiera pueden matar de un puntazo directo al corazón. Y es por eso que trato de irme siempre cuando están dormidos. Me acerco a su cama, beso en la frente, señal de la cruz pidiéndole a Dios que los cuide y los proteja mientras yo esté lejos (y cuando esté cerca también obviamente), y me voy. Pero el martes que pasó fue diferente.

Ese día me hizo replantear una vez más el momento en el que me encuentro HOY, y las dudas vinieron una detrás de otra a tomar posición y en un estado de ataque máximo como nunca antes las había visto. Estuve hasta tarde avanzando algunas cosas en la oficina, a veces el día no alcanza y hay que extender las horas de trabajo un poco más y como en anteriores oportunidades ya había pasado que mi mamá (como es algo nerviosa) me llama para decirme algo de los bebes (que tienen fiebre, o se han golpeado, o lo que sea) a veces le pone un tono extra “picante” a su voz y yo ya me voy hasta júpiter del estrés, muero y resucito en un segundo; entonces decidieron no avisarme nada en esa oportunidad. Yo solo leí un mensaje inocente de mi sobrina, que seguro pensó que yo estaba con Marcel en el que decía “Marité, cómo sigue Marcel, ya salió de la clínica?”. Creo que el pánico que sentí fue TAN grande que pude notar el cambio de temperatura de mi sangre tal cual. Me puse hirviendo en un segundo, y no hice más que agarrar mi cartera, meter TODAS mis cosas cerrar mi computadora mientras a la vez iba llamando a mi mamá para que me explique QUÉ ERA LO QUE ESTABA PASANDO!

Resulta que el chino había estado dando vueltas alrededor de sus cuentos como le gusta hacer y de pronto se dio en la esquina de la cómoda justo en medio de la frente. Donde más sangra la cara, donde todo parece ser más delicado, y donde exactamente parece ser la MITAD de su frente. Mi hermana, que vive cerquísima y siempre está dispuesta a ayudar en este tipo de cosas porque es la que más paciencia tiene, fue corriendo a ayudar a mi mami y decidieron llevarlo a la clínica porque para ella, necesitaba un punto porque parecía algo profundo el corte. Felizmente, Marcel estaba tranquilo y sin llorar. Llegaron a la clínica y el doctor decidió ponerle 4 puntos, fue en ese instante que yo llamé y casi me muero. Yo en San Isidro, ellos en La Molina en hora punta, simplemente me quería morir. Iban a pinchar a mi bebé y no estaría con su mamá agarrándole la mano para darle fuerzas, para decirle que todo estaría bien. Qué mala mamá me sentí en ese preciso momento. La peor de todas, puedo jurarlo.

Llegué como si no hubiera habido tráfico, creo que los carros se abrieron para mí, o simplemente iba tan rápido que nadie quería cruzarse con la loca del carro negro, esa creo que es la más factible realmente. Y ahí estaba mi chino, con su parche en la frente y los ojitos llorosos que le brillaron cuando me vieron a lo lejos: MAMÁAAA! Dijo, con emoción señalando su herida de guerra. Lo cargué y traté de no llorar pero fue imposible. Mi hermana me dijo que solo lloró con la anestesia, de hecho él se había quedado dormido y de la nada le clavaron la aguja directo en la herida y el pobre se traumatizó para que den las 4 puntadas. Mi chino valiente, la pasó solito sin su mamá. Ahora tiene una marca en la frente que espero le recuerde que siempre debe tener cuidado en todo momento.

En una semana le sacan los puntos y ahí estaré para darle la manito (el meñique como él me pide) para darle fuerzas y aguantar el dolor. Aunque lo más difícil ya pasó. Y estuvo solito, sin su mamá.

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2 comentarios en “Mi chino y sus 4 puntos

  1. Pobrecito Marcel, tan chiquito y ya tiene su marca de guerra.

    Creo que ha sido mejor que no estuvieras presente, un corte en la frente sangra bastante y le cubre toda la cara, sin la experiencia necesaria te quedas en shock como mis hermanas que le dejaban la responsabilidad a Mamuska al son de “mami, encargate”.

    Mamuska que tiene mucha experiencia en esto (yo mismo tengo dos cortes en la frente) siempre se encargaba de evaluar si el corte requería puntos o no.

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