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Con el corazón arrugadito

Hace unas semanas escribí sobre lo feliz que me hacía estar con mis hijos las 24 horas. Era un trabajo incluso más arduo y difícil que el de oficina, pero era gratificante al 100%. No había noche que agradeciera por ese día dedicado íntegramente a ellos. Estoy segura que estos meses hemos crecido los tres: ellos como seres humanos individuales, y yo como mamá.

Aún recuerdo el día que regresé a trabajar cuando solo tenían 7 meses. Una suerte también considerando que muchas mamás deben retomar sus labores a los 3 meses de post natal, o a veces antes. Pero sufrí mucho. Tal vez un poco más que ellos, pero recuerdo el dolor profundo en el corazón al cerrar la puerta sin poder volver sobre mis pasos porque, si regresaba nunca más volvía a salir y había un horario que cumplir. Los meses pasaron, y los tres nos fuimos adecuando a la rutina de “mamá de oficina”, y esperábamos el final del día para gritar: holaaaaaaa! y abrazarnos, jugar, comer, bañarnos y dormir juntos. Una rutina que agota también, pero como siempre digo, las mamás tenemos ese SUPER PODER que nunca se gasta.

Luego me tocó el proceso de “cese laboral” en mi trabajo. Ellos con casi 3 años hacían fiesta cada vez que al despertar se daban cuenta que la mamá sería quien los cambiaría y dejaría en la puerta del nido. Y lo mejor venía a la hora de salida: mamá también en la puerta esperándolos arrodillada en el piso para recibir sus abrazos llenos de felicidad. En la tarde era una fiesta: en casa o en el parque hacíamos de cada día, uno especial. Aprendí a dejar las preocupaciones en la mesa de noche (para retomarlas antes de dormir), pues las cuentas no perdonan y los años tampoco. Se viene el colegio y entonces el sueldo a fin de mes, se extraña. A pesar de intentarlo, no podemos solo con un esfuerzo (papá), es necesario que mamá también lo haga. Por eso que en estos meses no paré de buscar, hasta que la semana pasada me dieron la noticia: empiezas en una semana, felicidades.

En principio solo quería llorar de emoción, por fin estaría tranquila con las cuentas y mis hijos tendrían todo lo que necesitaban. Pero el dolor vino después. Esos días ENTEROS al lado de mis mejores maestros se estaban acabando. El talonario de días felices tenía las hojas contadas y recién caía en cuenta. Lloré, y sigo llorando hasta ahora porque no entiendo los giros de la vida. Giros, porque son vueltas por las que siempre debemos pasar, es así porque simplemente es así.

De hecho, estoy mega agradecida por cada cosa que me pasa. Sea triste o feliz, le doy gracias y entiendo una vez más ese dicho de “Dios aprieta pero no ahorca” y si me apretaba al lado de mis hijos, qué mejor situación! Pude verlos reír, en actuaciones libres de permisos, cuidar un resfrío o un simple dolor de garganta, calmar varios llantos, aguantar berrinches “graciosos”, correr felices, abrigarlos, secar sus lágrimas, hacer galletas, pasear horas, ir a lugares divertidos, dejarlos y recogerlos del nido (eso es un lujo de verdad), acompañarlos, hacerlos dormir, velar sus sueños de tarde, besarlos al despertar con ellos diciéndome “hola mamá”, verlos jugar, ordenar sus cuartos, secarles el sudor, curarles una herida, ayudarlos a levantarse luego de sus caídas de scooter, ver televisión acurrucados y abrigaditos, prepararles su leche de la tarde, comprarles antojitos en la tienda, llevar a mi chino a sus clases, pude gozarlos sin parar. Pude conciliar peleas de hermanos, me volví loca y perdí algunos pelos de vez en cuando, pero siempre feliz de estar con ellos día a día.

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Volveremos a los mensajes por wapp con fotitos sinfin durante un largo día de trabajo fuera de casa, a las llamadas por teléfono para preguntar si ya comieron, si hicieron caca (color, consistencia, frecuencia y demás), si hicieron pataleta, si preguntaron por mí, si están felices, o si están de mal humor, si durmieron la siesta, si tomaron su leche… para simplemente escuchar que están bien y que el mundo sigue de pie conmigo lejos de ellos.

Cómo cuesta, cómo duele. Lo pienso y no me la creo aún, han sido los mejores meses de mi vida pero ahora me toca seguir adelante, por ellos y para ellos. Tal vez puedan sentirse un poquito tristes (nunca tanto como yo), pero estoy segura que algún día entenderán que todo es por ellos. Para darles todo lo que merecen y si puedo un poquito más.

Hoy, con mis hijos más grandes, sigo sintiendo ese vacío, mezclado con temor, tristeza y molestia que sentí cuando regresé a trabajar cuando solo tenían 7 meses.

La imagen puede contener: una persona, sonriendo, primer plano y exterior

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Los amo… y gracias a la vida por tremenda bendición. No me quejo, es solo un reniego chiquito en una cuesta hacia arriba.

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Cartas de 4 niños

Mañana es cumpleaños del abuelito que vive en el cielo, y como todo cumpleaños, los mellis están emocionados por soplar las velitas aún así no esté presente, “físicamente”, el cumpleañero agasajado.

Hace unos días me acordé del famoso sobre que mi papá siempre guardaba en el último cajón de su mesa de noche. “Son mis tesoros”, me decía cada vez que le preguntaba. En realidad, fueron bastantes años después que me enteré lo que contenía ese sobre: todas las cartas y tarjetas que mis hermanos y yo le hicimos a lo largo de la vida. Digo vida, porque uno creería que solo tenía cartitas de cuando estábamos en el nido o primaria y celebrábamos actuaciones por el día del padre y siempre hacíamos alguna manualidad para ellos. Pero no, ese sobre contenía las tarjetas, dibujos y cartas, que recibió incluso cuando todos ya no teníamos ese tipo de celebraciones en el colegio.

Es recién ahora que entiendo ese deseo por guardarlo TODO. A veces me desespero porque no sé dónde guardar todas las cositas bellas que hacen mis chinos en su nido, y es que hasta cuando Naelle recoge una flor del suelo para dármela a mí, yo solo quiero guardarla. Por eso tengo las pulseritas que les pusieron cuando nacieron, sus ombligos aunque muchos digan EWWWW, sus mechones de pelo, su primera talla de pañal (eso merece un post completo), y muchas otras cosas que finalmente digo que algún día nos sentaremos a ver todo eso para contarles cómo fue tenerlos tan chiquititos en este mundo que parece perfecto, pero no lo es.

Creo que es posible ver el amor a través de una sola palabra, un dibujo, o una extensa carta. Todo apunta a lo mismo, desnudar el corazón con palabras para que uno sepa el enorme sentimiento que lleva dentro. Y más, si es un niño quien las escribe. En ese lenguaje raro, pero único. Ese lenguaje que parece ser un idioma distinto que solo papá y mamá conocen. Ese lenguaje que se entiende con el corazón más con el cerebro.

Por eso, a solo un día del cumpleaños del abuelito, quiero regalarle estos recuerdos que, de todas maneras, él bien sabe que los tenía guardaditos en ese sobre, pero también en su corazón.

Carta de Karina (La hermana mayor)

Carta de Lissy
(La hermana sanguchito hasta que llegué yo)

Dibujo raro de David
(El engreído, hasta que llegué yo)

Carta de la pioja (yo) sincera antes todo. La edad era un punto importante a divulgar.

Y es así como los niños hacemos cosas por nuestros padres, que por más que sean dibujos sin forma, sin mucho color y con trazos toscos e inconclusos, son os mayores tesoros que les darán paz y alegría por todos los años que vengan en adelante.

Una más mía…. como siempre mostrando los sentimientos más puros a través de las palabras.

Feliz día papi! Y que se escuche hasta el cielo!

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Mi otro blog

Empezamos un mes difícil para mí. Creo que ya lo he contado en oportunidades anteriores, pero si tuviera que enumerar 50 cosas “caletas” sobre mí, empezaría por contarles sobre mi primer blog. Ese que abrí hace casi 8 años cuando mi papá falleció. Ese blog que empezó como una terapia y terminó siendo una ventana para conocer gente mágica, un mundo diferente (el de los blogs) y un primer paso para lo que ahora se llama #mamádedobleyema. Ese blog que todos conocían como “hasta en el último rincón“.

Así como hay meses hermosos, llenos de vida y celebraciones, hay otros que parecen tener el poder de congelarlo todo, incluso un poco el corazón. Y es que llegar al mes en el que celebramos “la vida y nacimiento” de mi papá, y solo dos semanas después recordar el día de su muerte, duele. Y duele aunque pasen 100 años creo yo.

Recuerdo exactamente el día que dejé de escribir casi a diario en mi otro blog, si bien siempre me preguntaban si no sentía que “ataba” a mi papá por escribirle, o que no lo dejaba ir en paz, no pensaba de esa manera aunque parezca lógico. A mí me hacía sentir bien el escribir sobre él, el recordar momentos lindos a su lado y contarle al mundo sus aventuras en la tierra. Pero un día alguien me miró a los ojos y me dijo “para que seas mamá, primero tienes que dejar de ser hija”. No había entendido la frase hasta que la pensé, la asimilé y la interioricé.

Lo más difícil fue enfrentar los “si hubiera”, porque yo hasta el día de hoy por ejemplo, siempre pienso en el “si los mellis hubieran conocido a su abuelo”. Es que creo que es natural que una se pregunte eso. Él se fue antes de tiempo, sin duda. Yo no entré a la iglesia de su mano, y tampoco estuvo conmigo dándome un beso en la frente antes de entrar a la sala de partos para dar a luz. Nunca vi su cara de felicidad con la noticia de que estaba embarazada, ni tampoco escuché las bromas que hubiera hecho al enterarse que eran dos. Son muchos “si hubieran” en mi vida. Pero todo depende de uno mismo. En superarlos y llenarlos de nuevos recuerdos, de tratar de contar la vida del abuelo a través de historias fantásticas y de fotos lindas que ilustren a ese mágico ser que me dio vida.

Así como cuando uno escucha la frase perfecta en el momento perfecto, recuerdo también lo que me dijo un ángel en la tierra, una de esas personas que son solo hablar parecen estar cantando. Sin saber nada de fechas ni momentos complicados, me dijo que solo las personas especiales, y quienes tienen pase directo al cielo, son las que nacen y mueren en el mismo mes. No hay duda, por ningún lado que lo veamos, que mi papá no sea un ser especial.

Sin más, este es un mes muy feeling en todo sentido. El 13 de Setiembre cumpliría un año más en este mundo, pero el 27 también cumple un año más de haberse subido a su avión para volar a un viaje sin retorno. Hasta eso, se presta para los cuentos lindos con los que están creciendo mis hijos. Siempre escuchan de su abuelito David, el que vive en el cielo y los cuida desde allá arriba.

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Sentimientos de una mamá de 3 años

Hoy es un día especial porque por fin, luego de 3 largas semanas puedo sentarme a escribir tranquila en mi blog. Con una taza de café al lado, sin bulla y sin desorden, miro mi computadora y pienso en ellos. Y es que así somos las mamás, con sentimientos cruzados y contrariedades de la vida. Tanto quise que llegara el primer día de nido luego de las vacaciones, que ahora solo miro el reloj para ir a recogerlos lo más pronto posible. Ay las mamás.

Agosto es un mes lindo, el más bonito de todo el año realmente. Celebro la llegada de mis hijos al mundo con una gran emoción y una vez más, con sentimientos encontrados, me da la llorona días antes y días después del evento. Y no es porque sea de esas mamis que lloran porque sus hijos se hacen grandes e imaginan el día que se gradúen de la universidad y se vayan a vivir solos cuando solo han cumplido 3 años. Sino, creo que me siento demasiado sensible y emocionada en extremos por el simple hecho que cumplir un año más juntos. Un año más de celebrar la vida de mis 2 creaciones perfectas para mí. Un año más de retos cumplidos y escalones superados. Un año más de paciencia, creatividad, malabarismo, atención, cuidado, protección, preocupación, y mucho más. Es como llegar a una mini meta dentro de una gran meta que es su vida misma. Eso, me emociona mucho porque nunca creí que me dieran esa bendición tan grande de ser una mamá de mellizos. Y el hecho de cumplir un año más, con una sonrisa en sus caritas, es que debo estar haciendo algo bien.

Recuerdo que hace 3 años fui a la clínica solo por mi control de las 34 semanas. Mi corazón me decía que algo no estaba saliendo como yo pensaba (imaginaba llegar por lo menos a la semana 38 porque le tenía TERROR a la prematuridad), pero no lo escuché y seguí pensando así. Cómo me molestaba cuando la gente me decía “no llegas ni a la 36 te apuesto”, me dolía un poco de verdad, porque era una de esas frases que uno prefiere guardar en el último cajón de sus necesidades porque no suman, solo desmotivan y desestabilizan. Pero así fue, no llegué ni a la 36, ni a la 35… ese mismo día de mi control, me operaron. Los bebes ya habían ocupado todo el espacio existente en mi cuerpo, tanto así que tenía la vesícula casi en la espalda, debajo de la axila. Y la frase que lo cambió todo fue la que me dijo el doctor al terminar la ecografía: “Listo, en dos horas conocerás a tus bebés”. 

Me quedé helada por unos segundos, sin reacción, solo miraba a Lalo y las lágrimas salían de mis ojos. Tantas preguntas, pensamientos y dudas juntas me dejaron congelada. ¿Cuánto iban a pesar? ¿Cómo iban a estar? ¿Necesitarían incubadora? ¿Y si no tengo leche para ellos? ¿Si ellos aún no estaban preparados? ¿Estaba yo preparada? ¿Mi maletín? ¿El cordón umbilical? ¿El cuarto de la casa? ¿Mi mamá? De pronto empezó a suceder. Mi mamá me trajo el maletín, aún sin preparar y yo entré a un cuarto para que empezaran a prepararme y el tiempo corrió demasiado rápido.

Dieron las 2 de la tarde y entré a la sala. Me despedí de mi mamá y le dije a Lalo, “te veo adentro”. Nunca imaginé que me tocaría recibir a mis bebé a mi sola, sin su papá a mi lado. Pero así fue, luego ya el doctor nos contó que al ser un parto de emergencia y múltiple, yo perdería mucha sangre y los bebes nacerían pequeños, que podía ser una impresión muy fuerte para el padre y no podría atender a dos adultos a la vez (a la que estaba pariendo y al desmayado). Gracias a Dios, tengo un ángel en el cielo (mi papá) quien estoy segura que me acompañó todo el tiempo. Y estoy segura porque en un momento, cuando entendí que Lalo no entraría cuando sentí el primer corte, cerré los ojos y le pedí a mi papá que me diera la mano. En ese momento sentí una mano sobre la mía y abrí los ojos en el instante para ver quién me estaba agarrando, y no había nadie. Era él, sin duda alguna.

El primero en salir fue Marcel, a las 2:35 pm con 2.480 kg y 47 cm. y luego Naelle, a las 2:38 pm con 2.020 kg y 44 cm. Los dos demoraron un poco en llorar, pues hay nacimientos más complicados que otros y en este casi, los latidos de Naelle dentro de mi panza ya estaban bajando un poco. Es decir, empezó a hacer sufrimiento fetal pero salió a tiempo gracias a Dios. Al segundo que salieron y no escuchar sus llantos me desesperé, grité “por qué no lloran!!!” y me los enseñaron por unos segundos, ya llorando, pero se los llevaron al toque a sus cunetas para subirlos a la sala de bebes, revisarlos y regularlos. Su papá, afuera, los vio salir en el carrito cuando aún esperaba entrar conmigo para ver el nacimiento, ahí se enteró que no entraría. Sería muy chistoso conocer ese lado de la historia. Algún día le pediré que lo escriba.

Ese fue el día más feliz-angustiante de mi vida. Feliz porque nacieron las dos razones de mi vida, y angustiante porque es duro no tenerlos al lado cuando recién llegan al mundo. Estuvieron en incubadora dos días y el primer contacto que tuve con ellos fue al día siguiente y a través de un vidrio. Es triste, y hasta hoy se me llenan los ojos de lágrimas al recordarlo. Pero hoy, agradezco desde lo más profundo de mi alma a la vida por haberme dado esa oportunidad, de ser mamá de dos, a la vez; de probar mis fuerzas, coraje, valentía y empeño por luchar junto a ellos para salir rápido de una prematuridad, que felizmente, no fue extrema.

Por eso, este tercer año juntos recuerdo y celebro cada talla de pañal que aumetábamos juntos, cada talla de ropa que dejaban por quedar chica, cada onza de leche aumentada, cada gramo subido y cada felicitación al ir a los controles mensuales con el pediatra. Celebro eso y mucho más. Celebro sus mágicas vidas en mí vida.

Creo que no me alcanzará esta vida para agradecer por ustedes… los amo infinito!

*Pensé hacer el post cumpleañero, pero creo que tenía tan guardado esto de mis sentimientos encontrados que lo escribí. Ya viene el post con los tips y detalles por los 3 años melliceros de Masha y el Oso.

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Una lactancia mellicera complicada

Era hermoso tener a mis hijos en mi pecho. Los dos a la vez luchando por quién se llevaba la mejor parte de la comida. Los veía, tocaba suavemente sus cabecitas y podía sentir ese lazo fuerte del que todas las madres hablan. Fue un mágico momento. Pero fue muy corto, y duro.

Recuerdo que antes de dar a luz me proyectaba visualizando la refrigeradora llena de bolsas de leche congelada, para darles a los mellis cuando yo volviera a trabajar. Me veía como una real vaca lechera entrando al lactario del trabajo varias veces al día para descargar leche con mi potente extractor de cientos de soles que me compró mi esposo. Y nada salió como yo esperaba.

Mis hijos nacieron de 34 semanas, obviamente no pudieron ponerlos en mi pecho ni bien nacieron porque se fueron corriendo a la incubadora a hacerse las pruebas respectivas cuando un bebé nace prematuro. Por ende, tuvieron que darles fórmula y no me opuse. ¿Por qué? Porque al estar bajos de peso lo primero que tienen que hacer es recuperarse para salir de alta e irse a casa conmigo. ¿Fue difícil? Una de las cosas más difíciles de mi vida podría decir. Me sacaba el calostro con el extractor y  las pocas gotas que salían iban directamente para ellos. Yo estaba feliz con cada gota. “Ya saldrá más”, me decían todos, “solo tienes que seguir estimulando, y cuando ellos lacten, será mejor”. La esperanza y la fe es lo último que se pierde después de todo. Yo seguía positiva.

Llegué a casa con ellos en brazos y empezamos con la práctica. Simplemente no dormía nada, me los ponía en el pecho y luego me ponía el extractor. Cada 2 horas era lo mismo, sin parar. Mañana y noche. No podía parar hasta que mi producción aumentara. Era una obsesión, miraba onza a onza cómo iban llenando los biberones lentamente y sufría con cada succionada furiosa de mis hijos al no obtener la cantidad de leche que ellos querían. Por eso, siempre después de la lactada, venía la fórmula. Nunca me opuse a ella, porque mi objetivo era que salgan pronto de la prematuridad.

Nunca faltaron los “sabios consejos”: “Déjalos con hambre unos días, ellos solos van hacer que aumente tu producción, no les des nada de fórmula, solo lo que te salga por más que sea casi nada”; “Toma esto, toma lo otro, párate de cabeza, te aseguro que así sale más”; “Pásate un peine por el seno”; “Toma cerveza”; “Relájate”. Eso último era lo peor. Cómo relajarme si tenía estos consejos como pan de cada día.

Yo lo intenté todo: tomé cascarilla de cacao; hinojo y algunas otras hierbas; Luego me dijeron que no importaba qué tomara, la cosa es que sea líquido, entonces instalé un bidón en mi cuarto y simplemente tomaba y tomaba agua; También me dijeron que descanse que eso ayudaba en la producción (esto sí que no pude hacer); Que deje correr el agua caliente en el pecho por varios minutos; y así muchas cosas locas que iba a escuchando pero no ayudaron mucho. Deben existir miles de tips para mejorar la producción, pero cuando no hay, pues no hay. Qué le vamos a hacer.

Una vez me dijeron que si no les daba de lactar a mis hijos, jamás sabría lo que era esa mágica conexión con ellos, que además la fórmula hacía mucho daño, que no había nada como la leche materna para que sean sanos al 100%. Todas esas ideas me enfermaron, me mandaron al hoyo y no hacía más que obsesionarme con el tema, mis hijos no podían tener una mamá que sea menos mamá por no darles la teta. Sufrí. Lloré mucho. Hasta que dije no más. No puedo dejarme comer la cabeza por todos esos comentarios que si bien tienen mucho de cierto, yo no seré menos madre por alimentar a mis hijos con fórmula. Yo tenía un objetivo, que mis hijos subieran rápido de peso y puedan salir de la prematuridad pronto, y si yo no podía contribuir a eso bueno pues, sería con fórmula sin roche. Basta de miedos, de vergüenzas y de ideas locas. Sería una mamá de fórmula que tendría la mejor conexión con ellos con el biberón de por medio.

Respeto mucho y admiro a las mamás que dan de lactar a sus hijos, tienen una gran suerte la verdad. Pero sería lo mejor que no se juzgue tan fácil a las mamás que por más que intentan no pueden, que por uno u otro motivo deben cortarse la leche si la tuvieran, que decidieron no dar de lactar a sus hijos por la razón que sea. Uno nunca sabe lo de nadie, y eso es lo que vale al final del cuento. Ambas son madres, dieron vida a un ser humano y no hay milagro más grande que ese.

Existe un mundo detrás de una decisión tan dura: dejar de darle el pecho a tu hijo. Puede verse como la “salida más fácil” el hecho de dar fórmula pero, no todas las historias son como uno cree. Una mamá de fórmula que dio todo de sí misma y al final tuvo que aceptar que no será mamá de pecho debe sentirse igual de orgullosa que las que dan de lactar por más de un año a sus hijos. Ambas son ganadoras de una gran lucha, porque es la verdad. La maternidad no es fácil.

Somos madres. Todas por igual, sean mamás de pecho o mamás de fórmula.

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Engreídos nivel super saiyajing 5

Como ya había comentado hace unos días, mis horarios han dado un giro de 180° y aún estoy tratando de acomodarme a eso. Empiezo igual de temprano que cuando estaba trabajando, incluso ahora un poco antes, y arranco primero con los peques: al baño, a lavarnos los dientes, a cambiarnos y a alistar mochilas para el nido; luego me meto a la ducha en (LITERAL) 5 minutos y listo; bajamos juntos para que tomen desayuno y salimos al nido. Amo esa rutina y disfruto de cada minuto de ella.

Luego arranco a hacer los pendientes que marco en mi agenda el día anterior, a veces en casa, o sino fuera de ella. Y obviamente, un tiempo destinado a buscar chamba pero como muchos sabes y ya me lo dijeron, en este momento “la calle está dura”, pero ahí le vamos. Con fe y sin perder el ritmo. Espero a que sea la hora para recogerlos del nido y nuevamente mi corazón vuelve a su lugar. Empezamos la tarde juntos con el almuerzo y la siesta, para luego jugar y seguir hasta el fin del día.

Todo parece color de rosa, pero en la vida real, si todo fuera filmado por una cámara escondida sería demasiado gracioso. Es cierto que pasar más tiempo con mis hijos es mi pasión y lo mejor que me puede haber sucedido, pero ellos también se aprovechan de la situación, y se vuelven chukis nivel super saiyajin X. Para extorsionadores, llámenlos por favor. Han aprendido una de “trucos” y farsas que hasta me hacen soltar la carcajada de vez en cuando.

Por eso ahora, cuando tengo algo que hacer en la tarde, me escapo cuando están dormidos, o hasta incluso me escondo detrás de un mueble (como lo hice hoy) cuando pasan de la cocina a su cuarto para hacer la siesta. Hay días más sencillos que suben echando un vistazo rápido y si no me ven, bien. Pero cuando me ven en algún punto empieza el show: mamaaaaaaaaaaaaaaa, mi mamá!!!!, mamitaaaaa. Yo muero de la pena y a veces caigo y cuando voy a verlos me esperan sin una sola lágrima y con la sonrisa enorme en la cara. A veces cuando no hago caso han llegado incluso a gritar: señora marite!

Salimos a jugar el mayor tiempo posible y yo soy una mamá/niña, porque me tiro al suelo con ellos, corro, me escondo y les hago cariño cada segundo que puedo. Los corrijo, eso sí, pero solo escucho a Naelle decir “perdón mamá” y ya estoy llorando con ella. O me molesto y le digo “basta Marcel” y me mira con puchero y luego de un waaaa deja salir mil lagrimones de sus ojos grandotes y también lloro con él. Sí, soy una mamá sensible y ahora que estoy con ellos 24 horas del día, lo soy aún más.

Entonces le pregunté a una amiga mía, que es psicóloga, qué podía hacer para tratar de controlar esta situación que parece haber cruzado un poco la línea de los límites de los niños engreídos con padres débiles que no pueden verlos llorar por mucho tiempo, y me dijo lo siguiente:

Un niño se siente protegido en un grado mayor cuando está con su madre, y las madres que trabajan a veces sienten una especie de “culpa” por las horas lejos de ellos, entonces empieza la sobre estimulación con regalos y presentes que llenen ese vacío que algunos padres sienten que hacen vivir a sus hijos. OJO: ellos sienten, pero no es siempre verdad. Entonces caemos en la sobre protección y exceso de control sobre ellos. Depende de los padres que esto cambie. Si quieres empezar a trabajar en ello, puedes poner en práctica lo siguiente:

  • Dejar que se enfrente a las dificultades, a adaptarse a un entorno que cambia constantemente y a desarrollar sus habilidades por sí solo.
  • Dejarle respirar, no estar permanentemente controlándolo o atosigándolo con preguntas o preocupaciones por su bienestar y salud.
  • Favorecer que aprenda a pensar por sí solo, a asumir nuevos retos –en el deporte, por ejemplo–, a tomar la iniciativa y a adoptar sus primeras decisiones. Hazle sugerencias, pide su opinión, que te diga qué prefiere.
  • Fomentar que juegue o realice actividades con otros niños, sin la presencia constante de los adultos.
  • No darle todo lo que pida o lo que los padres creen que necesita. Enséñale que las cosas cuestan esfuerzo, cuéntale con experiencias lo que has aprendido en tu vida.
  • Estar a su lado cuando lo necesite, pero para apoyarle, no para solucionar sus problemas y realizar sus tareas. Esto cuesta, pero todo se puede lograr.
  • Permitir que pase algún tiempo con otras personas para establecer lazos afectivos con abuelos y tíos e “independizarse” un poco de sus padres.
  • Tratarle de acuerdo a su edad. Permítele que coma solo o se vista cuando ya sea capaz de hacerlo; va a ser trabajoso lo que tengas que limpiar luego, pero debe aprender a ir creciendo.
  • Además, la ley número 1: NO SOBORNAR! No es bueno dar cosas a cambio de un buen comportamiento, y menos premiar por algo a diario con cosas materiales.

Y entonces estos puntos debo empezar a poner en práctica para que todo vaya mejor y sobre todo, para que ellos puedan crecer lo más derecho posible. A veces a nosotros nos cuesta más que a ellos mismos, pero lo importante es reconocerlo y empezar por el principio. Nunca es tarde para aprender y en esto de la maternidad, uno aprende hasta que los bebes se vuelven adultos de 20 años, mi mamá me dijo, y yo le creo.

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Las mejores señales son las que llegan sin pedirlas

Estoy segura que cuando una persona se siente algo perdida, el universo conspira para darle pautas y señales directas que de alguna manera calman el alma. En mi caso, simplemente me sentía un poco “sin ganas”. Obvio que una mamá no se puede permitir “no tener ganas” porque los hijos esperan, añoran, extrañan y aprenden de todo lo que ven sus ojitos.

Hoy, luego de dejarlos en el nido, volví a mi computadora para arrancar la búsqueda de trabajo y busqué en mi cartera un lapicero. En lugar de sacar este lapicero saqué un libro que me entregaron en la charla que asistí hace unos días sobre “cómo educar a nuestro hijos en la era digital” gracias a Corefo. No le había prestado atención hasta hoy, porque el título decía #Familia, y yo tengo claro lo que es una familia, pero como siempre, la vida me enseña que no todo es lo que parece cuando solo se da una mirada. Saqué el libro, lo abrí y esto fue lo primero que leí:

En el mundo indígena uno de los principios que constituyen el universo es el dolor, sin embargo los ojos de ese pueblo penetran en esta realidad sin miedo y la transforman en algo sublime.

Cuenta esta historia que un guerrero miró a su hija recién nacida, tan hermosa le parecía, que no encontraba un nombre apropiado para ella.

Decidió buscar lo más valioso del mundo y tomarlo como nombre para su primogénita.

Salió temprano a caminar y pensó que podría llamarla Silencio, pues es hermosísima… pero cuando comenzó a amanecer y el guerrero detuvo sus pasos dijo: No, la llamaré Aurora.

Continuó caminando y visitando amigos y así fue cambiando su elección para el nombre de su pequeñita: Luz, Nieve, Mariposa, Paloma…

Encontró al más sabio de los indios que lo orientó a ir detrás de la montaña, a la casa de un pastor muy sencillo y le dijo: Allí encontrarás lo que buscas.

El guerrero esperó afuera de la vivienda y vio salir a una niña, sintió escalofríos, pues se encontraba cubierta de lepra, algo a lo que todos le temían.

Pasaron unos minutos… se escuchó la voz del pastor llamando a su hija y ambos se acercaron. El rudo guerrero vio cómo se abrazaban y cubrían de besos.

Regresó a su casa con lágrimas en los ojos y se dijo: La llamaré Heoma-naesan (Amor en el dolor).

Este, es el amor más grande, el que se da cuando la persona no tiene nada material, cuando se está enfermo del cuerpo y del alma, cuando sentimos la necesidad imperiosa de aliviar el sufrimiento de un ser querido aun a riesgo de nuestra propia vida.

Creo que me quedo con esta historia como una de mis favoritas. Estoy segura que muchos le encontrarán significados diferentes, pero todos, ayudarán a ver el momento porque están pasando, no como una tormenta sino como solo un temporal que es más fácil de afrontar con un buen abrazo.