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Catarsis para cerrar la semana

Esta semana ha sido un poco extraña. Creí que nunca me pasaría algo así pero pasó. Pensé que tenía todas las cosas controladas, como siempre lo he manejado: la casa, el trabajo, mis cosas personales, y bla bla bla. Pero no, abrí los ojos y por fin entendí que olvidarse, confundir fechas, pisar señales ENORMES y tropezarse con una piedra evidente, es normal.

Este es el primer año que tengo a los chicos en salones distintos en el nido, de hecho es mucho mejor porque los ayuda a tener independencia y a entender por fin que por más que hayan nacido a la vez, son seres humanos individuales, únicos y diferentes en este mundo. Con amigos diferentes, gustos distintos, horarios de recreo y tareas totalmente opuestas. Y lo están llevando SUPER, más bien, la que no está cumpliendo bien la tarea, es la mamá. Y creo que es entendible.

En el año confundí muchos cumpleaños, mandé regalos al salón equivocado, vestí con ropa elegante al hijo que debió ir con uniforme o mandé un sobre con la cuota anual al salón al que ya había pagado hacía varias semanas. Un caos chistoso pero caos al final. Y esta semana fue la locura extrema al momento de las coordinaciones para la famosa graduación. Y es que en unas semanas mis chinos ya dejan el nido con toga y birrete para pasar al colegio de grandes. Increíble, pero cierto.

La agenda ha estado llena y seguirá estando así por unas semanas más (y solo hablo de la agenda del nido, no de la mí ni de la chamba, porque esa es OTRA historia): el día del tío, unos cuantos cumpleaños más antes de cerrar el año, toma de fotos con toga, toma de foto de la promo, ceremonia de graduación, semana especial de Naelle, actuación de fin de año, pago de la actuación de fin de año, fiestita de Navidad, visita de Papa Noel…. y si sigo me quedo calva de solo escribirlo.

Tengo que reconocer que las mamás de los dos salones me han ayudado UN MONTÓN, paciencia infinita conmigo y mis miles de preguntas. Porque seguir los grupos en Whatsapp es una maratón 45K y con ojos cerrados. A veces solo llego al final y simplemente no entiendo nada.

Y para rematar la semana, voy a hacer las compras en la noche y cuando dejo las bolsas en la malerera, la cierro con mis llaves a adentro. Eso solo me puede pasar a mí!

Felizmente mañana es sábado y volvemos a empezar.

Todo sea por estos chinos locos que me hacen reír a pesar de las ojeras y los 4 pelos que me quedan en la cabeza.

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¿Que si quiero más hijos?

Muchas veces me preguntan si pienso tener más hijos. La verdad es que si el mundo se moviera por otra cosa más que “dinero”, tendría miles de hijos sin pensarlo. De que es un mega chambón, lo es; un trabajo NO REMUNERADO que a veces acaba con la paciencia del más santo de todos los santos, también, pero es uno de los mejores puestos “laborales” que alguien podría tener. Es el título profesional de conocimientos más amplios que se podría obtener en cualquier parte del mundo. Pero no es la realidad, así que cuando me hacen esa pregunta, me agarro el corazón y digo que no, que me quedo con mis dos terremotos y cierro fábrica (y de pasadita toco madera porque uno nunca sabe).

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Cada vez que me hacen la misma clásica pregunta me acuerdo de los primeros días y tiemblo de nuevo. No fueron mágicos como todos me contaron que serían, no fueron hermosos y llenos de paz y amor; fueron de terror, miedo y desesperación por no poder tener a mis hijos como NATURALMENTE Dios manda a tenerlos piel con piel. Tenía que conformarme con tocarlos a través de un vidrio durante sus primeras horas de vida, darles lo poco que me salía de calostro por medio de una tetina de biberón, rezar a cada minuto porque pronto me den buenas noticias, esperar a que me curen la herida de la cesárea que realmente no me dolía nada en comparación al dolor de corazón que sentía a no tenerlos conmigo en ese momento; era realmente una pesadilla. Pero, esa fue MI historia de los primeros días, estoy segura que cada quien la vive diferente, y es toda una aventura, incluso, una misma persona vive distinto cada embarazo,  es por eso que a veces, a raíz de estas “clásicas” preguntas, es que pienso en qué se sentiría tener otro hijo. Solo uno.

Y así, esa misma pregunta me lleva a pensar en mi fallida relación con la lactancia, en las noches enteras pegada al extractor de leche mientras que mis hijos tomaban fórmula de un biberón, “todo sea por la estimulación para empezar a producir más y más par ellos” pensaba. Los días y noches alternando: teta – bibe / bibe – teta; izq / dere y dere / izq que se hacían eternos y finalmente ya ni sabía qué día era lunes, o cuál era sábado, o si era de día o de noche. Días interminables que se pasaban entre toma y toma, porque como nacieron a las 34 semanas había que darles leche cada 3 horas máximo (y se demoraban una hora en tomar porque se les complicaba la succión), era difícil y yo estaba aterrada.

Me acuerdo que cuando estaba embarazada y preguntaba cómo serían los primeros meses, todos me hablaban de lo maravilloso y mágico, de esa conexión especial mamá&bebé que nadie puede explicar con palabras, de hacer de la hora del baño todo un ritual… yo nunca sentí esa “paz” o “relajación” de la que muchos hablan al momento de hacerle masajes al bebé saliendo de la tina: en las piernitas, en la espalda en forma de círculos, en los bracitos, etc. No pude contemplar a mis hijos mirándolos fijamente a los ojos por todo el tiempo que yo quisiera porque cuando empezaba a sentir ese click, ese vínculo, o como sea que cada una le digamos a ese lazo especial, el otro empezaba a llorar para que lo cargue o le de leche o le cambie el pañal. El momento de magia desaparecía.

Si me preguntan si quisiera tener otro hijo, claro que quisiera tener otro. Quisiera experimentar cosas nuevas, retar y probar mi capacidad una vez más, pero sé que no es algo tan sencillo ni justo. No sería justo ni para mis hijos, para “el nuevo bebe”, tampoco para nosotros sus papás. Creo que ya la vida está últimamente MUY de cabeza como para andar poblando más el mundo con hijos nuevos. Además, el dos es un buen número ¿no?

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Vamos a seguir esperando… por ahora

Es difícil ser mamá. Más difícil incluso cuando tienes que partir tu corazón en partes iguales cuando tienes más de un hijjo. Lo es más aún, cuando ese mismo corazón que está partido en dos (en mi caso) sabe muy en el fondo que una de las dos mitades es un poco más grande por una sencilla razón: las necesidades de ambos, son distintas. Y duele darse cuenta que eso existe. Duele aceptar que si uno de los dos necesita más a la mamá, ahí estará ella, no para dejar al otro de lado, pero siempre con un ojo bien puesto en ese que siempre ha necesitado ese empujón adicional. Más aún si se sabe que será para toda la vida.

Desde que nacieron los mellis, siempre Marcel ha sido el bebé más demandante: el que se resfrió primero, el que no quería terminar su leche, al que se le aflojó el estómago y empezó a llorar de buenas a primeras exactamente al cumplir 1 mes de vida. El que tenía una dieta especial por su APLV (Alergia a la Proteína de Leche de Vaca), el que se irritaba fácilmente, al que se le presentaron las rabietas de manera precoz, al que la comida le gusta pero en platos y con cubiertos especiales. Desde muy bebé yo sentía que algo distinto pasaba en él y aunque todos me decían que no, yo lo sabía, lo sentía. Por eso busqué ayuda y aunque los mismos especialistas me decían que era muy pequeño para un diagnóstico algunos rasgos indicaban que habían cosas que ajustar y mientras más temprano, mejor. Esa es la razón de sus terapias de estimulación sensorial.

Pero ahora que ya tiene 3 años y medio siento que hay evolución pero igual necesito respuestas. Mi hijo es diferente y quiero explicaciones.

Es así como hoy fuimos a visitar a un segundo neuropediatra, pero esta vez fue distinto. Recuerdo cuando hace un año y medio visitamos a la primera y simplemente salí espantada y más que preocupada, pero con la idea mas clara de lo que tenía que hacer. No había tiempo que perder, y si bien no podía saber lo que tenía mi bebé, sí podría ayudarlo a adaptarse a su entorno de la mejor manera con terapias y distintas cosas más. No podría ponerle una etiqueta a lo que sea que tuviera, y aún no puedo porque incluso hoy me dijeron que es muy pequeño para eso. Pero más de lo que he hecho, y más de lo que estoy haciendo no puedo hacer. Soy una buena mamá, y me la tengo que creer. Porque no hay otra verdad más que esa, lo estoy haciendo bien. Y solo tengo que continuar así, caminando a su lado, pero con muchos límites e independencia para dejar que solo pueda soltar las alas. Y más bien, voltear hacia el otro lado y ver a mi otro pedazo de corazón, que todo observa y todo digiere sola, a la distancia, y en su propia madurez lo entiende, lo acepta y me perdona. Pero yo también soy su mamá y esto debe cambiar porque es ella quien luego sufrirá las consecuencias.

Mi china me necesita, tanto o más que Marcel. Ambos merecen las dos partes de mi corazón, del mismo tamaño, sin importar demandas. Los dos necesitan a una mamá fuerte que puede con todo lo que venga. Y así será, estoy más que convencida de eso.

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Separación forzada por primera vez

Empezamos el tercer año de nido, pero esta vez con una pequeña ENORME diferencia, los mellis estarán en salones distintos, con profesoras distintas, amigos distintos, y horarios de juego distintos. Todo un reto si consideramos que no han estado separados desde el minuto 1 en que vieron la luz de este mundo al salir de mi panza. Es bueno, sí, porque les da esa independencia que tanto he buscado, les da ese impulso para volar con sus propias alas y entender que no son seres dobles unidos por un lazo invisible sino que son hermanos, como cualquier hermano, con el detalle que nacieron a la vez, solo eso. Y es que me imagino que debe ser un poco difícil haber pasado casi 8 meses (en formación) aunque no lo recuerden (según las estadísticas, estudios y demás pero en realidad nunca sabremos a ciencia cierta qué es lo que sucede adentro de la mamá, y luego más de tres años juntos (con esas salidas independientes con mamá o papá para tener espacios especiales) pero nunca tanto como mirar al lado durante un día entero, por días seguidos y no ver ese “pedazo” que le falta a su cuerpo para sentirse completo. Sobre todo para mi Marcel, mi chino que todavía no entiende mucho de madurez.

El primer día creo que fue un poco más duro para mí que para ellos. Lo tomaron mejor de lo que esperé, y tal vez fue porque los días anteriores a empezar les expliqué que este año no estarían juntos en el mismo salón y tampoco compartirían los juegos a la hora de recreo. Que sus profesoras serían diferentes y que tal vez incluso uno tendría que esperar al otro a la hora de salida. Pero les prometí que siempre irían juntos y se regresarían juntos como todos los días desde el primer año en el nido. Les conté cómo se llamaban sus profesoras, les enseñé sus fotos y cada uno reconocía quién era la Miss de quien. No me hicieron muchas preguntas, lo cual me preocupó un poco y en la reunión previa con cada profesora se los comenté. Los salones están uno al lado del otro, felizmente, y además, las auxiliares de cada salón ya conocen a cada uno de mis chinos. Me prometieron que si alguno de los dos lloraba por el hermano lo harían progresivo, los llevarían a su salón si fuese necesario y en todo momento me mantendrían informada. De verdad me fui un poco más tranquila hasta que llegó el día. Fuimos juntos y fue perfecto. Marcel abrazó a su profesora (a quien ya conocía) y se despidió de mí con un beso diciéndome “adiós mamá”. Confieso que casi lloro porque sentí que no me necesitaba más. Luego fui con Naelle (la terruca) y estaba simplemente más que estabilizada y adaptada con su nueva profesora (a quien nunca antes había visto) ayudándola a acomodar las sillas para sus amigos que aún no llegaban. “Ya mamá, anda a trabajar” me dijo. Realmente me mató con sus palabras porque esperé llantos, jalones de ropa para que no me vaya. Me acerqué y le pedí que cuidara a su hermano si es que la extrañaba durante el día, pues él necesita más de ella que ella de él y todos lo sabemos. Asintió, me dio un beso y me dijo “ya mamá, tranquila”. Esta niña. es demasiado “yo”, no puedo llegar a otra conclusión.

Me fui con una mezcla de sentimientos pero todos positivos. Un poco nostálgicos, pero todos positivos. Los años pasan demasiado rápido, y si no aprovechamos cada segundo de ellos es aterrador porque la mente es frágil, y el tiempo no perdona. Los recuerdos quedan y el corazón no olvida, pero el tiempo pasa, y ellos crecen. Se hacen grandes, independientes, y ya no nos necesitan como bastón principal para caminar. Y eso es bueno, claro que sí! Pero duele aceptarlo, te das cuenta que estás haciendo una buena chamba con ellos, pero cuesta soltar y dejar volar de a pocos, porque de que caerán, caerán, una y mil veces, pero para eso estarás tú detrás, ya no como bastón pero sí como voz de aliento para ayudarlos a levantarse y dar ese nuevo paso que necesitan para intentarlo de nuevo. Tu rol de padre NUNCA termina, pero sí muta, cambia, evoluciona, o como quieras llamarlo. Y no es que “te necesite menos” pero te necesita “diferente”, es solo eso.

Ese primer día fue bueno, y los siguientes días siguen siendo buenos, hasta el momento. Estoy segura que habrán días difíciles como ayer, que Naelle tuvo un cumpleaños y a la hora de salida Marcel lloró porque él no tenía torta ni sorpresa (y no estuve yo para hacerle entender que esas cosas pasarán seguido y así le tocará también a él y a Naelle no), pero pasará y tendrán que entender. Y si a la primera no lo entiende, pues habrá una segunda. Será duro, sí; y para mí también porque no serán solo 18 cumpleaños en el año, sino 36; no serán solo 4 reuniones de entrega de notas en una sola hora sino 8 reuniones por separado; no será 1 chat de mamás; SINO 2!!!! Me da ataque y me quedo sin aire de solo pensarlo….. no adelantarse es la consigna, he dicho.

Mis mellis tienen la oportunidad de ser seres individuales desde ahora. Eso es muy bueno. Ya tienen suficiente con llevar la chapa de “los mellizos” hasta cuando sean adultos (porque estoy segura que así les dirán algunas personas), y ahora podrán empezar a ser Marcel y Naelle. Dos personitas hermosas que llegaron al mundo a la vez, pero siendo dos mundo totalmente distintos pero igual de mágicos y especiales.

Vamos con todo White y Purple Class!

Primer año de nido: 2016

Segundo año de nido: 2017

Tercer año de nido: 2018

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Mi chino y sus 4 puntos

Desde hace algunas semanas tengo en el aire (como flotando) muchas cosas que me definen como persona. Ese tipo de cosas que si no haces en un día te hacen tanta falta que casi casi puedes sentir como si te faltara el aire para respirar. Pero mi cerebro entiende, muy en el fondo, que no todo se puede hacer aunque mi alma de “mujer maravilla”, como me dijeron hace poco, lo crea posible. Dejé muchos post’s en borradores mentales, fotos en el carrete de mi celular, mensajes sin responder, saludos sin enviar, abrazos sin entregar, buenas vibras sin transmitir y por si fuera poco… dejé palabras sin decir. Sea por falta de tiempo, valor, ánimo o lo que sea, no las dije, pero el tiempo pasa y hoy ya no es lo mismo que ayer, pero nunca es tarde para contar lo que el corazón muchas veces guarda en silencio.

Siempre he hablado de lo difícil que es para mí trabajar fuera de mi casa. Despertarme cuando aún es de noche y hacer todo en “mute” para que los mellis no se despierten y casi ni se den cuenta que ya me fui a trabajar. Que los hace más independientes, sí; que los hace más fuertes, sí; que les enseña el valor del esfuerzo por tener lo que tienen, sí; que se me estruja el corazón con cada aviso de caída, golpe o accidente conmigo lejos de ellos, también. Todo eso y muchas cosas más podría decir de las ventajas y no tan ventajas de una mamá que trabaja en oficina. Hoy que ya tienen 3 años de hecho es mucho más sencillo que antes, y aunque entienden que me voy al trabajo, hay días difíciles que se despiden con un un “mamá no te vayas” y un puchero seguido de esos ojos llenos de lágrimas que a cualquiera pueden matar de un puntazo directo al corazón. Y es por eso que trato de irme siempre cuando están dormidos. Me acerco a su cama, beso en la frente, señal de la cruz pidiéndole a Dios que los cuide y los proteja mientras yo esté lejos (y cuando esté cerca también obviamente), y me voy. Pero el martes que pasó fue diferente.

Ese día me hizo replantear una vez más el momento en el que me encuentro HOY, y las dudas vinieron una detrás de otra a tomar posición y en un estado de ataque máximo como nunca antes las había visto. Estuve hasta tarde avanzando algunas cosas en la oficina, a veces el día no alcanza y hay que extender las horas de trabajo un poco más y como en anteriores oportunidades ya había pasado que mi mamá (como es algo nerviosa) me llama para decirme algo de los bebes (que tienen fiebre, o se han golpeado, o lo que sea) a veces le pone un tono extra “picante” a su voz y yo ya me voy hasta júpiter del estrés, muero y resucito en un segundo; entonces decidieron no avisarme nada en esa oportunidad. Yo solo leí un mensaje inocente de mi sobrina, que seguro pensó que yo estaba con Marcel en el que decía “Marité, cómo sigue Marcel, ya salió de la clínica?”. Creo que el pánico que sentí fue TAN grande que pude notar el cambio de temperatura de mi sangre tal cual. Me puse hirviendo en un segundo, y no hice más que agarrar mi cartera, meter TODAS mis cosas cerrar mi computadora mientras a la vez iba llamando a mi mamá para que me explique QUÉ ERA LO QUE ESTABA PASANDO!

Resulta que el chino había estado dando vueltas alrededor de sus cuentos como le gusta hacer y de pronto se dio en la esquina de la cómoda justo en medio de la frente. Donde más sangra la cara, donde todo parece ser más delicado, y donde exactamente parece ser la MITAD de su frente. Mi hermana, que vive cerquísima y siempre está dispuesta a ayudar en este tipo de cosas porque es la que más paciencia tiene, fue corriendo a ayudar a mi mami y decidieron llevarlo a la clínica porque para ella, necesitaba un punto porque parecía algo profundo el corte. Felizmente, Marcel estaba tranquilo y sin llorar. Llegaron a la clínica y el doctor decidió ponerle 4 puntos, fue en ese instante que yo llamé y casi me muero. Yo en San Isidro, ellos en La Molina en hora punta, simplemente me quería morir. Iban a pinchar a mi bebé y no estaría con su mamá agarrándole la mano para darle fuerzas, para decirle que todo estaría bien. Qué mala mamá me sentí en ese preciso momento. La peor de todas, puedo jurarlo.

Llegué como si no hubiera habido tráfico, creo que los carros se abrieron para mí, o simplemente iba tan rápido que nadie quería cruzarse con la loca del carro negro, esa creo que es la más factible realmente. Y ahí estaba mi chino, con su parche en la frente y los ojitos llorosos que le brillaron cuando me vieron a lo lejos: MAMÁAAA! Dijo, con emoción señalando su herida de guerra. Lo cargué y traté de no llorar pero fue imposible. Mi hermana me dijo que solo lloró con la anestesia, de hecho él se había quedado dormido y de la nada le clavaron la aguja directo en la herida y el pobre se traumatizó para que den las 4 puntadas. Mi chino valiente, la pasó solito sin su mamá. Ahora tiene una marca en la frente que espero le recuerde que siempre debe tener cuidado en todo momento.

En una semana le sacan los puntos y ahí estaré para darle la manito (el meñique como él me pide) para darle fuerzas y aguantar el dolor. Aunque lo más difícil ya pasó. Y estuvo solito, sin su mamá.

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Avanti morocha

A veces me dan ganas de escribir de todo y de nada a la vez. Una de esas ambigüedades típicas de mujer, que nos atacan en cualquier momento y desespera hasta al más paciente caballero (si es que aún existen de esos que imaginamos). Y es que no es que seamos indecisas, es que tenemos TANTO que decir que no podemos elegir por dónde empezar. Y si somos de memoria selectiva y “corto-placista” como la mía, peor. Soy de las que anda con su lapicero y libretita por todos lados (o el celular para las modernas) para así apuntar todo lo que se me viene a la cabeza y no caer en el “qué iba a decir?” típico que me caracteriza.

Hoy es uno de esos días que parecen estar en “pausa” desde que salió el sol. Marcel con fiebre que sube y baja hace dos noches, esas que no te dejan cerrar el ojo por más de 30 minutos de corrido por temor a que la maldita suba a más de 40 de la nada y le achicharre el cerebro a tu peque (sí, así pensamos las mamás alguna vez en la vida), trabajo hasta por las orejas, encargos fuera de oficina que están retrasados por falta de tiempo, compromisos con los que no podré cumplir y por ende un cargo de consciencia acumulado. En resumen, días complicados, y un poco de alborotados.

Es también uno de esos días en que piensas en todo lo que no haces hace mucho tiempo, eso que extrañas, y te preguntas por qué no volver a hacerlo. Está bien que las etapas cambien, la línea de vida evolucione pero siempre tiene que haber lugar para eso que nos define como personas individuales, eso que nos llena y nos marca como únicos en el mundo.

Hoy abrí los ojos más temprano de lo normal y me pregunté hace cuánto que no abro uno de los libros que dejé a la mitad a solo unos metros de mi cama, en mi mesa de noche. Extrañé el olor y el color de las páginas en la noche cuando leía justo antes de dormir algunos capítulos de esos libros que me comía mes a mes para cumplir mi meta del año (mínimo 12, 1 por cada mes); extrañé dormir tarde, pero no por insomnio, sino por las series que no podía dejar de ver por más que al día siguiente el despertador me mirara amenazante para ir a trabajar; extrañé el corazón sin dolor alguno, me refiero a esos dolores típicos que te dan cuando se enferma un hijo, o cuando ves una llamada de la casa en pleno día y sabes que algo no está bien; extrañé las duchas largas por más de 10 minutos con agua hirviendo hasta que se empañen los espejos, las mascarillas y cremas perfectas después del baño y salir princesa de la casa pa’ fuera; extrañé algunas cosas más pero nada extraño más que a mis hijos cuando estoy lejos de ellos.

Pero, todo eso que extraño, lo seguiría extrañando si se trata de ellos. Y es que la vida que tengo ahora puede ser totalmente distinta a como era antes, pero hoy es completa. Tengo los brazos llenos, completamente de amor infinito y sé que lo estoy haciendo bien a pesar de todo. A pesar de la paciencia que a veces se acaba (pero hay una tienda en donde siempre hay más para comprar), a pesar del cansancio que se acumula (pero que increíblemente desaparece de la nada prometiendo volver), a pesar de las preocupaciones (que sin ellas no sería tan real la vida después de todo), a pesar de las quejas, que nunca faltan y a pesar de todo lo amargo que pueda resultar un día común, no cambiaría nada de nada por terminarlo como termina siempre: con ellos, con mis chinos.

Como siempre, un post que empezó para hablar de algo puntual, terminó siendo el reflejo más claro de lo que siento hoy en mi loco mundo, pero lo importante es que salió del corazón. Y cuando salen de ahí, son más bonitos y más sinceros. A veces, es lo que necesitamos para sentirnos mejor y para que con solo soplar un poquito, las nubes empiecen a correr y dejen que salga el sol (a pesar de estar en pleno verano).

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A 4 años de las 2 rayitas azules

Hace exactamente 4 años, me enteré que estaba embarazada. No sabía si era 1 bebé, o dos, o tres; porque el doctor me había comentado que era posible ovular dos veces cuando existía una estimulación ovárica “adicional”. Creo que ese fue, de lejos, el mejor día de mi vida. Simplemente, el ver el valor mayor a 5 en la computadora, me hizo llorar de la emoción, como lo estoy haciendo hoy al recordar ese momento. Aquí la historia de ese día:

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Era el tercer día del año y no podía dejar de lamentarme de mi suerte. Una vez más, el sueño de ser mamá y ver las dos rayitas azules en la prueba casera se hacía borroso y más lejano. Salí del baño y llamé a mi esposo para que me ayude a asimilar la noticia: “me vino la regla… tengo algo más que no han descubierto. No puede ser… no vamos a ser papás”.

Ya no era necesario esperar al 4 de enero para sacarme los análisis de sangre. Era obvio que la regla había llegado y con ella también la mala noticia. Ya era hora de volver a Lima y dejar atrás la celebración del nuevo año en la playa. A pesar que Lalo insistiera en hacernos la prueba, yo no lo veía necesario. Era momento de pasar la página y volver a empezar.

Desde el carro llamé al doctor y fue inevitable romper en llanto mientras hablaba con él:

– Doctor, me vino la regla. 
– Uy… no te preocupes. Vas a ver que la siguiente de todas maneras sale. Yo te dije que todo podía pasar y que era muy difícil que se lograra a la primera. Hay parejas que lo intentas muchísimas veces de este modo.
–  Yo sé… pero me pone muy triste igual. Hay forma de que me haya venido pero igual estar embarazada? Vale la pena hacerme la prueba?
– Si te ha venido rojo, rojo, no vale la pena… ya la próxima serán buenas noticias. Ven el lunes para empezar nuevamente con todo.

Durante todo el camino hablamos de eso. Yo ya no sabía si quería seguir intentándolo de esa manera o dejarlo simplemente al destino. Si la vida quería que tenga hijos los tendría, y si no, pues hay muchos niños que necesitan una familia, y fue lo mismo que me dijo Lalo. Lo veía tan seguro y tranquilo que me ayudaba mucho escucharlo. Tenía que ser fuerte y levantarme una vez más. Él insistía en que ya no intentemos de esa manera, siempre mencionaba que era un gran esfuerzo y no era nuestra realidad gastar miles y miles de soles en intentos para ser papás.

Al día siguiente, después de una noche casi sin dormir pensando en lo mismo, él me dijo que por mi felicidad y tranquilidad él haría lo que fuera. Agarró su computadora y sacamos cuentas. Lo intentaríamos las veces que yo quisiera. Me sentí muy feliz de estar ambos en la misma página y había decidido dejarlo todo al destino. Si el mes que viene nos daban ganas de intentarlo así nuevamente, así sería y si no, pues ya llegaría el momento.

A pesar de eso, él seguía insistiendo:

– Pero… de verdad te ha venido la regla?
– Que sí Lalo. No estoy embarazada.
– Es que me parece raro porque no te has quejado mucho.
– No. Simplemente ni ganas tengo de quejarme… 

Pero sí, en el fondo ni me había dado cuenta pero no me había bajado casi nada en 2 días. Era una regla un poco rara, pero para mí, era regla al final.

– Enanita, a mi mamá le vino la regla cuando estaba embarazada.
– Lalo, no insistas. No estoy embarazada. Ya me está molestando tu insistencia.

El domingo fuimos a pasar el día a donde mis suegros y de regreso, ya en la noche me entró la duda.

– Paras en la farmacia un ratito?
– Para?
– Quiero comprar algo…
– Pero qué?
– Nada, solo quiero ir a ver algo…
– Pero dime qué!
– Una prueba de orina!!!
– Ya ves!!! Estás embarazada!
– No, yo no creo. Pero tanto insistes que me entró la duda… ya veremos pero sea cual sea el resultado prométeme que haremos como si nada.
– Te lo prometo…

Con el miedo más escalofriante del mundo lo hice. Esperé solo unos segundos y me rendí. Dejé la tirita al lado del lavatorio y salí molesta.

– Te dije. Ahora aguántame! Es negativo.
– Pero por qué! Qué salió?
– Solo una raya…
– Yo veo dos…
– Hay una sola raya Lalo! No insistas por favor!
– Es que hay dos! La segunda es bajita pero son dos! Nos fuimos a dormir prometiendo que sea cual sea el resultado al día siguiente en la prueba de sangre no nos podíamos hundir ni mucho menos. Nos abrazamos y estoy segura que ambos cerramos los ojos con una sonrisa.

Las "rayitas"... y atrás Lalo leyendo las instrucciones por quinta vez

Las “rayitas”… y atrás Lalo leyendo las instrucciones por quinta vez

Al día siguiente (lunes 6 de enero – bajada de reyes), me hice los análisis muy temprano. Fue el día más largo de la historia humana. Los resultados saldrían a partir de la una de la tarde y aún así revisaba la página cada media hora… PENDIENTE… no salían aún. Hasta que el reloj me avisó que la 1 de la tarde había llegado. Y como todo pasa cuando tiene que pasar, la página se colgó. Llamé a la central y me comentaron que se les había caído la red y que los resultados demorarían 1 hora más… GIVE ME A BREAK! No era posible!

Esperé y llamé a Lalo para entrar juntos esta vez. Si él veía que decía 0.11 o algún número menor a 5 quería que él me lo dijera. No quería verlo con mis propios ojos. Pero él no me contestó, estaba en una reunión de trabajo. Lo haría yo sola…

Le di click a los resultados y ahí estaba. Un cuadro con números frente a mis ojos y yo sin querer leerlos. Veía la pantalla de reojo con una mezcla de sentimientos increíble. Luchaba con querer ver y no querer a la vez, hasta que clavé la mirada directo al resultado: 647.90

Fue un momento increíble. Lleno de emoción, esperanza, felicidad pura. Quería explotar y lo hice, llamé al futuro papá y le dije entre lágrimas que ya! Que por fin seríamos papás! Salió de su trabajo y me recogió para ir a la cita. No podíamos creerlo… era real??? No habría visto mal??? Era demasiado increíble haber visto ese número mayor a 5 por fin!

Al entrar al consultorio el doctor me recibió confundido. No entendía mi cara de felicidad cuando hacía unos días le había llorado en el teléfono, “qué pasó? De qué me perdí?”. Vio los resultados que le entregué y todo quedó claro. Tenía ya 3  semanas de embarazo y ese sangrado muchas veces ocurre en la etapa de implantación.

Después de muchas indicaciones y una que otra receta soltó esa frase que hasta hoy recuerdo tal cual: “bueno, felicidades futuros papás… y por el número de HCG podría apostar que ahí hay más de un bebe”.

Ahora, debíamos esperar 3 semanas más para la primera ecografía y ver cuántos corazones latían junto al mío.

La aventura recién empezaba…