Las mejores señales son las que llegan sin pedirlas

Estoy segura que cuando una persona se siente algo perdida, el universo conspira para darle pautas y señales directas que de alguna manera calman el alma. En mi caso, simplemente me sentía un poco “sin ganas”. Obvio que una mamá no se puede permitir “no tener ganas” porque los hijos esperan, añoran, extrañan y aprenden de todo lo que ven sus ojitos.

Hoy, luego de dejarlos en el nido, volví a mi computadora para arrancar la búsqueda de trabajo y busqué en mi cartera un lapicero. En lugar de sacar este lapicero saqué un libro que me entregaron en la charla que asistí hace unos días sobre “cómo educar a nuestro hijos en la era digital” gracias a Corefo. No le había prestado atención hasta hoy, porque el título decía #Familia, y yo tengo claro lo que es una familia, pero como siempre, la vida me enseña que no todo es lo que parece cuando solo se da una mirada. Saqué el libro, lo abrí y esto fue lo primero que leí:

En el mundo indígena uno de los principios que constituyen el universo es el dolor, sin embargo los ojos de ese pueblo penetran en esta realidad sin miedo y la transforman en algo sublime.

Cuenta esta historia que un guerrero miró a su hija recién nacida, tan hermosa le parecía, que no encontraba un nombre apropiado para ella.

Decidió buscar lo más valioso del mundo y tomarlo como nombre para su primogénita.

Salió temprano a caminar y pensó que podría llamarla Silencio, pues es hermosísima… pero cuando comenzó a amanecer y el guerrero detuvo sus pasos dijo: No, la llamaré Aurora.

Continuó caminando y visitando amigos y así fue cambiando su elección para el nombre de su pequeñita: Luz, Nieve, Mariposa, Paloma…

Encontró al más sabio de los indios que lo orientó a ir detrás de la montaña, a la casa de un pastor muy sencillo y le dijo: Allí encontrarás lo que buscas.

El guerrero esperó afuera de la vivienda y vio salir a una niña, sintió escalofríos, pues se encontraba cubierta de lepra, algo a lo que todos le temían.

Pasaron unos minutos… se escuchó la voz del pastor llamando a su hija y ambos se acercaron. El rudo guerrero vio cómo se abrazaban y cubrían de besos.

Regresó a su casa con lágrimas en los ojos y se dijo: La llamaré Heoma-naesan (Amor en el dolor).

Este, es el amor más grande, el que se da cuando la persona no tiene nada material, cuando se está enfermo del cuerpo y del alma, cuando sentimos la necesidad imperiosa de aliviar el sufrimiento de un ser querido aun a riesgo de nuestra propia vida.

Creo que me quedo con esta historia como una de mis favoritas. Estoy segura que muchos le encontrarán significados diferentes, pero todos, ayudarán a ver el momento porque están pasando, no como una tormenta sino como solo un temporal que es más fácil de afrontar con un buen abrazo.

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2 comentarios en “Las mejores señales son las que llegan sin pedirlas

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