Hijo preferido

Creo que una de las cosas que nadie cuenta cuando se convierte en papá o mamá, es el amor infinito que se le tiene a los hijos. Es algo tácito, sobre entendido, y tal vez no hace falta decirlo porque es algo un tanto lógico. Pero lo que realmente sucede en el corazón cuando nace un hijo, no se puede describir con palabras.

Sin título

Pienso que tener un hijo es como el ejemplo supremo que el amor existe. Está bien que ames a tu pareja, a tus papás y a tu familia, pero el amor hacia una persona que salió de ti, es algo máximo. Si pienso en los primeros días como mamá, era tan grande lo que sentía que me daba terror. Era posible sentir algo así? Algo tan grande? Pues sí, y poco a poco ese temor muta y madura y se vuelve más comprensible. Y se imaginan eso multiplicado por dos???

Cuando se tienen dos o más hijos hay que saber cómo repartir ese amor entre todos los hijos. Porque como siempre, y en todo lo que hagamos, existen las diferencias. Y depende de uno hacer que estas diferencias no sean notorias y tratar en la medida de lo posible que no existan.

Más de una vez me han preguntado cuál es mi preferido. Es una pregunta que en realidad me hace un poco de gracias porque no es que exista un preferido, una mamá ama a sus hijos por igual, pero siempre, siempre y en todos los casos, hay un hijo que necesita más de su mamá. Uno es el más engreído, demandante, llorón, o cualquier adjetivo parecido. Sin duda, es un reto y prueba muy grande para la mamá (en quien nadie piensa) porque involucra sentimientos, tiempo invertido, frustraciones por no poder partirse en dos por igual, y muchas cosas más.

Creo que “no existe” un padre que no tenga hijo preferido. Porque en un momento determinado uno de los hijos es el preferido. No en el sentido de darle todo y a los otros nada, sino que en el momento que uno más necesite de mamá o papá, en ese momento será el preferido. Siempre para todos por igual aunque sea difícil.

En mi caso es una lucha CONSTANTE cuando llego a la casa y debo saludarlos. Los dos se miran y se lanzan a la carrera para ver quién llega primero a abrazarme y colgarse de mi cuello. Desde esa posición cada uno se dedica a mirar al otro y empujarlo si se da el caso para que no se acerque a mí. Eso duele, y mucho. Porque no es que yo tenga que decidir a cuál de los dos abrazar primero, sino que debo abrazarlos a la vez. O sino, algo que he empezado a hacer desde hace poco, es llegar y subir en silencio y saludar al primero que me vea, en silencio absoluto, llenarlo de besos y llevarlo un poco más lejos para “conversar” por unos segundos, y luego voy por el otro. Solo así cada uno puede sentir que les entrego lo mismo a los dos por igual. Pero realmente agota un poco porque la frustración es grande. No quiero que lloren cuando estoy con el otro, quisiera que respeten su momento con los dos y lo puedan valorar. Aún son muy chiquitos, lo sé, pero me parte el alma cuando no puedo demostrar por igual lo que siento por los dos. Si tan solo tuviera un par de brazos adicionales… pero es imposible.

Creo que sí, que existe un hijo preferido pero todo es como lo leí hace un tiempo. Lo busqué para compartirlo aquí, y por eso lo escribo una vez más:

EL HIJO PREFERIDO

Cierta vez preguntaron a una madre cuál era su hijo preferido, aquel que ella más amaba. Ella, dejando entrever una sonrisa, respondió: “Nada es más voluble que un corazón de madre, y, como madre, le respondo: el hijo dilecto, aquel a quien me dedico en cuerpo y alma”:

Es mi hijo enfermo, hasta que sane.

El que partió, hasta que vuelva.

El que está cansado, hasta que descanse.

El que está con hambre, hasta que se alimente.

El que está con sed, hasta que beba.

El que está estudiando, hasta que aprenda.

El que está desnudo, hasta que se vista.

El que no trabaja, hasta que se emplée.

El que se enamora, hasta que se case.

El que se casa, hasta que conviva.

El que es padre, hasta que los críe.

El que prometió, hasta que cumpla.

El que debe, hasta que pague.

El que llora, hasta que calle.

Y ya con el semblante bien distante de aquella sonrisa, completó:

El que ya me dejó… hasta que lo reencuentre…
Una madre siempre ve en su hijo la esperanza dormida que un día despertará, su fe siempre la sostiene. Madre es madre, aunque el hijo se olvide de ella.

Y así, es como entendí que no tiene nada de malo cuando uno entrega TODO por un hijo en determinado momento. Porque así es la vida, cuando estas con uno de ellos, el tiempo, el cuerpo y el corazón son para ese uno. Y en cuanto cambias y estás con el otro, el tiempo, el cuerpo y el corazón son para ese otro. Todos tienen su momento, su espacio, su turno. Su pedazo de corazón ganado para toda la vida.

No hay hijo preferido, solo el que más necesita de su mamá en un determinado momento.

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