Ahora que van creciendo…

Hace unos días me acordé de algo que les escribí hace un tiempito. Con casi 6 meses ya tenían rasgos y características que definían su personalidad. Una especie de carta para ustedes cada cierto tiempo sería perfecta para que luego, cuando sepan leer, puedan saber a detalle lo que los ponía a saltar de emoción y todo lo que hacía fruncir la ceja y hacer puchero.

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Hoy, con un año y un mes de hermosa vida en esta tierra puedo decirles muchas cosas más que hace seis meses..

Mi Mashe, así te decía siempre mi pequeño chino renegón. Ambos aprendimos a valorar MUCHO más el tiempo juntos cuando empecé a trabajar. Yo, en mi oficina contaba las horas para llegar a la casa y verte sonreír cuando me asomaba por la puerta y al entrar de sorpresa escuchar tus grititos emocionados con la boca abierta de par en par y “correr” a tu modo para abrazarte a mi pierna era lo mejor que podía pasarme en el día. Siempre fue un poco difícil recibirlos a los dos pero tu buscabas la manera de llegar primero y alzar los brazos gritando emocionado para que pueda cargarte a ti primero. Llegabas a mi hombro y me abrazabas fuerte pegando tu carita hacia mi cuello. Increíble que sin saber hablar aún yo entendía lo que querías decirme, me habías extrañado todo el día, tanto como yo a ti. Íbamos a mi cuarto para cambiarme de ropa mientras tú rebuscabas mi cartera. Todo un investigador detallista abriendo y cerrando los bolsillos, sacando todo lo que había dentro y claro, probándolo todo también. Y además, como buen investigador que eras, te metías en cada rincón que podías, entre las mesas, debajo de los juegos, entre la cama y la mesa de noche, cada espacio era un lugar a investigar para ti. Otra de tus obsesiones era el agua, cuando te daban tus pataletas, esas que muchas veces me hicieron pasar más de un susto tratando de agarrar tu espalda y cabecita para que no te golpearas, cogía tu biberón de agua y se acabó. AMABAS el agua con locura y podías secarte 4 onzas en un segundo si querías. Pero tú la hacías durar y encima te quedabas mordiendo la tetina para jugar. Cuánta ropa mojada te cambiábamos al día por tomar tanta agua. Y se notaba que no era sed lo que tenías, simplemente te gustaba mucho tomar aguita. Aún no sabías hablar como tu hermana, pero nos entendíamos igual. No pasabas de MAMA y PAPA y bueno, de vez en cuando te escuchábamos decir GUA! Cuando querías agua por supuesto. La hora del baño siempre fue la mejor, jugábamos a chapotear, y nos reíamos mucho en la tina, enseñándote tus pies, tus deditos, tu panza, todo era motivo de risa que se transformaba en llanto cuando llegaba la hora de salir. A veces, cuando el día había sido agotador, te ponía en tu cochecito mientras bañaba a tu hermana, y viendo televisión te quedabas dormidito. Pero otras veces te ponías eléctrico. Querías jugar y ya a oscuras “intentando hacerte dormir”, me levantabas el polo y me hacías pedo-panza una y otra vez. No podía aguantar la risa por más que debía quedarme en silencio porque ya era hora de dormir. Sucumbía ante tus juegos y me unía a ti haciéndote lo mismo en la panza y en las piernas. Luego ya te empezabas a sobar los ojitos y te acurrucabas en mi cuello jalándome el pelo despacito. Me echaba a tu lado acariciando tu carita y poco a poco ibas cerrando los ojitos. Esperábamos un rato, juntos y en el oscuro silencio del cuarto te cargaba y te llevaba a tu cuna. Siempre con el chupón a un ladito por si acaso te despertaras en la noche, subía la reja de tu cuna y te daba un besito en la frente. Siempre con tu almohada y tu colchita al lado para pasar una buena noche. Y pobre de aquel zancudo que te molestara, paraba con mi linterna viendo siempre las esquinas, las ventanas y las lámparas para ver si algún desgraciado se escondía. Cuando te picaban se te hacía una alergia tan fea que me daban ganas de aniquilar de la PEOR manera a esos malditos desgraciados. Nuestro próximo encuentro siempre era a las eso de las 10:30 pm con la última leche del día. En esa, rezábamos juntos y en silencio agradeciendo por cada segundo de nuestras vidas. Es que un amor así de grande solo puede venir directamente del cielo. Así, terminábamos el día y empezábamos nuevamente a las 5:30 am con el pañal casi por explotar y la pancita pidiendo leche. Más o menos así eras cuando tenías 13 meses mi pequeño Marcel Chinoco (chino y loco).

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A ti mi china hermosa, mi Naelle preciosa, qué te puedo decir. Mejor dicho, por dónde empiezo a contarte cómo eras al año y un mes de vida. Con seis dientes ya decías muchas cosas: sabías perfectamente qué era un bebé, qué era caca, qué era un pollito (o pio como decías), quien era papá, mamá, Maki y Dani (por tus primas), y también, sabías quienes eran tus tiyas (tías). Tu dedito acusador nos indicaba a dónde querías ir siempre, y si no te llevábamos rápido, pobres tímpanos. Nos metías un grito mirándonos retadoramente y nos pedías ir a donde tú quisieras. La ventana era ideal para ver “titis”, tocabas la luna y gritabas “titi titi titi”, cuando pasaba un carro. Siempre fuiste más independiente que tu hermano, pero cada vez que llegaba del trabajo tu sonrisa iluminaba mi día por más gris que haya sido. Venías gateando hacia mí y yo con Marcel colgado al cuello, me agachaba y me tiraba al suelo para abrazarte muy fuerte e intentar de alguna manera cargarte con el brazo libre. Ir por el suelo viendo cada cosita, papelitos o lo que sea, era tu máxima diversión. Nos dimos varios sustos por cosas que te metías a la boca cuando nadie te veía, pero felizmente salimos bien de cada una de esas travesuras. Cuando te chapábamos con algo en la mano, y veíamos tus intenciones de meterlas a la boca te decíamos con voz firme: Naelle “DAME”, y nos extendías tu manito para entregarnos lo que tuvieras entre los deditos. A partir de ese momento, cuando chapabas algo y te dabas cuenta que estábamos mirando, te acercabas a nosotros y extendías la mano diciendo “mame, mame”. Pero cuando nadie te veía, a la boca! Y luego, venían las consecuencias (lo encontrábamos en el pañal como nos pasó una vez o lo votabas por la boca cuando tomabas tu leche como nos pasó dos veces), un peligro suelto eras chinaza. Aprendiste rápido a distinguir qué comida te gustaba y cuál no, por eso a las 6 de la tarde cuando ya nos alistábamos para comer, decías alegre “papa, papa” porque poníamos el babero o “tete tete” cuando era hora de la leche. Era increíble ver cómo aprendías y relacionabas todo con la palabra. Nos avisabas cuando hacías caquita, cosa que nos ayudará mucho al momento de retirarte el pañal (espero), aunque también engañabas. Amabas jugar a las chapadas y comer pancito en el desayuno. Cuando pasabas un trocito que tenías en la boca decías “MA MA” por que querías comer más. Serás harinera como yo y eso es MALO muuuuy malo para el rollo, pero estás bebé y eres flaca, así que por ahora, pídeme lo que quieras. Nos enfermamos mucho mi china, yo caía enferma con un resfrío horrible y tú lo chapabas al toque de mí. Tu gargantita y tu pechito eran los que más sufrían, por eso nos dejaron inhalador por un tiempito. Otra cosa que tendremos que aprender, es que los juguetes son de los dos. Cuando Marcel estaba jugando con una cosa y tu con otra, te dabas cuenta que él tenía algo en las manitos y corrías a su lado para arrancharlo. El otro lloraba con lagrimones pidiendo ayuda y tú a veces hasta te reías diciendo “bebe”, señalando al hermano llorón. Cuando íbamos a pasear y veías a algunos niños ya grandes, no podíamos aguantar la risa cuando mirabas y gritabas la misma palabra “bebeeeee”. Tú, la más conchuda “bebeabas” a todo el mundo siendo tú tremenda bebota. No dormías casi nada, por eso seguro en cada control médico no crecías mucho como esperábamos. A veces, cuando dormías a las 8:30 pm, ya sabíamos que pronto despertarías y sería una noche “de terror”, cuando despertabas a las 10:00 pm primero pedías tu “tete” y luego nadie te paraba. Querías gatear, saltar, cantar, gritar y hasta reírte cuando te mirábamos. Posabas para las fotos siendo las once de la noche y revoloteabas por todo el cuarto hablando sin parar. Hubieron noches que incluso nos fuimos hasta las 12 y seguías con las pilas bien cargadas. Mi china loca y hermosa, tu risa me vuelve loca y cuando lloras me muero con cada una de tus lágrimas. Las seco siempre y espero estar a tu lado para secar las que vengan más adelante. Porque de verdad, eres parte de mí, y aún me cuesta creer que cada día que pasa te haces más grande. Y así como cada mañana cuando te despiertas y estoy a tu lado te ríes chinita y te vuelves a acurrucar en mi panza, recordando tal vez el inicio de tu vida, cada mañana que preparo tu leche agradezco a la vida por ponerte en mi camino. Tú y tu hermano son la razón de mi vida entera.

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Siempre seguiré acercándome a su cuna durante la noche para ver si están bien. Como una loca (y seguro no soy la única loca) tocaré su pancita a ver si siguen “respirando” y me levantaré de mi cama al menos ruido que escuche. Porque por más que tengas uno o mil años, siempre serán mi bebitos. Esos dos que salieron un día de mi panza y empezaron a hacerse camino en este mundo.

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