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Mi chino y sus 4 puntos

Desde hace algunas semanas tengo en el aire (como flotando) muchas cosas que me definen como persona. Ese tipo de cosas que si no haces en un día te hacen tanta falta que casi casi puedes sentir como si te faltara el aire para respirar. Pero mi cerebro entiende, muy en el fondo, que no todo se puede hacer aunque mi alma de “mujer maravilla”, como me dijeron hace poco, lo crea posible. Dejé muchos post’s en borradores mentales, fotos en el carrete de mi celular, mensajes sin responder, saludos sin enviar, abrazos sin entregar, buenas vibras sin transmitir y por si fuera poco… dejé palabras sin decir. Sea por falta de tiempo, valor, ánimo o lo que sea, no las dije, pero el tiempo pasa y hoy ya no es lo mismo que ayer, pero nunca es tarde para contar lo que el corazón muchas veces guarda en silencio.

Siempre he hablado de lo difícil que es para mí trabajar fuera de mi casa. Despertarme cuando aún es de noche y hacer todo en “mute” para que los mellis no se despierten y casi ni se den cuenta que ya me fui a trabajar. Que los hace más independientes, sí; que los hace más fuertes, sí; que les enseña el valor del esfuerzo por tener lo que tienen, sí; que se me estruja el corazón con cada aviso de caída, golpe o accidente conmigo lejos de ellos, también. Todo eso y muchas cosas más podría decir de las ventajas y no tan ventajas de una mamá que trabaja en oficina. Hoy que ya tienen 3 años de hecho es mucho más sencillo que antes, y aunque entienden que me voy al trabajo, hay días difíciles que se despiden con un un “mamá no te vayas” y un puchero seguido de esos ojos llenos de lágrimas que a cualquiera pueden matar de un puntazo directo al corazón. Y es por eso que trato de irme siempre cuando están dormidos. Me acerco a su cama, beso en la frente, señal de la cruz pidiéndole a Dios que los cuide y los proteja mientras yo esté lejos (y cuando esté cerca también obviamente), y me voy. Pero el martes que pasó fue diferente.

Ese día me hizo replantear una vez más el momento en el que me encuentro HOY, y las dudas vinieron una detrás de otra a tomar posición y en un estado de ataque máximo como nunca antes las había visto. Estuve hasta tarde avanzando algunas cosas en la oficina, a veces el día no alcanza y hay que extender las horas de trabajo un poco más y como en anteriores oportunidades ya había pasado que mi mamá (como es algo nerviosa) me llama para decirme algo de los bebes (que tienen fiebre, o se han golpeado, o lo que sea) a veces le pone un tono extra “picante” a su voz y yo ya me voy hasta júpiter del estrés, muero y resucito en un segundo; entonces decidieron no avisarme nada en esa oportunidad. Yo solo leí un mensaje inocente de mi sobrina, que seguro pensó que yo estaba con Marcel en el que decía “Marité, cómo sigue Marcel, ya salió de la clínica?”. Creo que el pánico que sentí fue TAN grande que pude notar el cambio de temperatura de mi sangre tal cual. Me puse hirviendo en un segundo, y no hice más que agarrar mi cartera, meter TODAS mis cosas cerrar mi computadora mientras a la vez iba llamando a mi mamá para que me explique QUÉ ERA LO QUE ESTABA PASANDO!

Resulta que el chino había estado dando vueltas alrededor de sus cuentos como le gusta hacer y de pronto se dio en la esquina de la cómoda justo en medio de la frente. Donde más sangra la cara, donde todo parece ser más delicado, y donde exactamente parece ser la MITAD de su frente. Mi hermana, que vive cerquísima y siempre está dispuesta a ayudar en este tipo de cosas porque es la que más paciencia tiene, fue corriendo a ayudar a mi mami y decidieron llevarlo a la clínica porque para ella, necesitaba un punto porque parecía algo profundo el corte. Felizmente, Marcel estaba tranquilo y sin llorar. Llegaron a la clínica y el doctor decidió ponerle 4 puntos, fue en ese instante que yo llamé y casi me muero. Yo en San Isidro, ellos en La Molina en hora punta, simplemente me quería morir. Iban a pinchar a mi bebé y no estaría con su mamá agarrándole la mano para darle fuerzas, para decirle que todo estaría bien. Qué mala mamá me sentí en ese preciso momento. La peor de todas, puedo jurarlo.

Llegué como si no hubiera habido tráfico, creo que los carros se abrieron para mí, o simplemente iba tan rápido que nadie quería cruzarse con la loca del carro negro, esa creo que es la más factible realmente. Y ahí estaba mi chino, con su parche en la frente y los ojitos llorosos que le brillaron cuando me vieron a lo lejos: MAMÁAAA! Dijo, con emoción señalando su herida de guerra. Lo cargué y traté de no llorar pero fue imposible. Mi hermana me dijo que solo lloró con la anestesia, de hecho él se había quedado dormido y de la nada le clavaron la aguja directo en la herida y el pobre se traumatizó para que den las 4 puntadas. Mi chino valiente, la pasó solito sin su mamá. Ahora tiene una marca en la frente que espero le recuerde que siempre debe tener cuidado en todo momento.

En una semana le sacan los puntos y ahí estaré para darle la manito (el meñique como él me pide) para darle fuerzas y aguantar el dolor. Aunque lo más difícil ya pasó. Y estuvo solito, sin su mamá.

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Avanti morocha

A veces me dan ganas de escribir de todo y de nada a la vez. Una de esas ambigüedades típicas de mujer, que nos atacan en cualquier momento y desespera hasta al más paciente caballero (si es que aún existen de esos que imaginamos). Y es que no es que seamos indecisas, es que tenemos TANTO que decir que no podemos elegir por dónde empezar. Y si somos de memoria selectiva y “corto-placista” como la mía, peor. Soy de las que anda con su lapicero y libretita por todos lados (o el celular para las modernas) para así apuntar todo lo que se me viene a la cabeza y no caer en el “qué iba a decir?” típico que me caracteriza.

Hoy es uno de esos días que parecen estar en “pausa” desde que salió el sol. Marcel con fiebre que sube y baja hace dos noches, esas que no te dejan cerrar el ojo por más de 30 minutos de corrido por temor a que la maldita suba a más de 40 de la nada y le achicharre el cerebro a tu peque (sí, así pensamos las mamás alguna vez en la vida), trabajo hasta por las orejas, encargos fuera de oficina que están retrasados por falta de tiempo, compromisos con los que no podré cumplir y por ende un cargo de consciencia acumulado. En resumen, días complicados, y un poco de alborotados.

Es también uno de esos días en que piensas en todo lo que no haces hace mucho tiempo, eso que extrañas, y te preguntas por qué no volver a hacerlo. Está bien que las etapas cambien, la línea de vida evolucione pero siempre tiene que haber lugar para eso que nos define como personas individuales, eso que nos llena y nos marca como únicos en el mundo.

Hoy abrí los ojos más temprano de lo normal y me pregunté hace cuánto que no abro uno de los libros que dejé a la mitad a solo unos metros de mi cama, en mi mesa de noche. Extrañé el olor y el color de las páginas en la noche cuando leía justo antes de dormir algunos capítulos de esos libros que me comía mes a mes para cumplir mi meta del año (mínimo 12, 1 por cada mes); extrañé dormir tarde, pero no por insomnio, sino por las series que no podía dejar de ver por más que al día siguiente el despertador me mirara amenazante para ir a trabajar; extrañé el corazón sin dolor alguno, me refiero a esos dolores típicos que te dan cuando se enferma un hijo, o cuando ves una llamada de la casa en pleno día y sabes que algo no está bien; extrañé las duchas largas por más de 10 minutos con agua hirviendo hasta que se empañen los espejos, las mascarillas y cremas perfectas después del baño y salir princesa de la casa pa’ fuera; extrañé algunas cosas más pero nada extraño más que a mis hijos cuando estoy lejos de ellos.

Pero, todo eso que extraño, lo seguiría extrañando si se trata de ellos. Y es que la vida que tengo ahora puede ser totalmente distinta a como era antes, pero hoy es completa. Tengo los brazos llenos, completamente de amor infinito y sé que lo estoy haciendo bien a pesar de todo. A pesar de la paciencia que a veces se acaba (pero hay una tienda en donde siempre hay más para comprar), a pesar del cansancio que se acumula (pero que increíblemente desaparece de la nada prometiendo volver), a pesar de las preocupaciones (que sin ellas no sería tan real la vida después de todo), a pesar de las quejas, que nunca faltan y a pesar de todo lo amargo que pueda resultar un día común, no cambiaría nada de nada por terminarlo como termina siempre: con ellos, con mis chinos.

Como siempre, un post que empezó para hablar de algo puntual, terminó siendo el reflejo más claro de lo que siento hoy en mi loco mundo, pero lo importante es que salió del corazón. Y cuando salen de ahí, son más bonitos y más sinceros. A veces, es lo que necesitamos para sentirnos mejor y para que con solo soplar un poquito, las nubes empiecen a correr y dejen que salga el sol (a pesar de estar en pleno verano).

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¿Por qué con ella?

Buscando en mis recuerdos, y en las miles de historias y experiencias que tengo para contar, me encontré con algo raro pero lindo. Un ejercicio que deja un gran mensaje y lo mejor de todo, es que se puede hacer en cualquier momento, o lugar. Sobretodo, después de un día un poco difícil en el que las cosas no salieron como esperabas y el cielo no se abrió para ti como otros días.

Cuántas veces nos la hemos desquitado con “ella”; cuántos gritos, malas caras, críticas y hasta rechazos y mandadas a la misma mierda nos ha aguantado “ella”? Cómo es que no dudamos ni un segundo en decirle las cosas sin filtro sin temor a herir sus sentimientos o a sonar duras y sin corazón? Por qué con ella, todo parece más sensible y más nos provoca seguir y seguir diciendo una por una “sus verdades”.

¿Cuál es la verdadera razón por la que seríamos así de crueles con esa persona que nos encontramos cada vez que nos miramos al espejo? Estoy segura que jamás en la vida le diríamos cosas de ese calibre a una amiga, a una hermana, a nuestras mamás, creo que ni siquiera a una desconocida. ¿Ejemplos? Yo no podría decirle a nadie “qué mala madre eres. Te vas a trabajar todo el día y en la noche a veces solo quieres salir con amigas, o leer, o ver una película”. Menos aún le diría a alguien “crees que eres buena persona, pero en realidad eres una persona débil, y por eso te dicen que eres buena”. Simplemente, no me imagino diciéndole esas cosas a nadie.

Y aquí viene lo bonito de esto, agarra una foto tuya de niña, mírala y dile a esa niña todo lo que le dices a quien te acompaña en el espejo: que será una mala madre, floja, que solo va a renegar y renegar, que nadie la aguantará, que puede ser que se quede sola, que no hará nada bien, y todo lo que se te venga en gana.
¿Puedes?
¿Quieres?

¿Difícil no? Apunta hacia ella, mírala a los ojos y dile TOOOOODO lo que en realidad sientes. Estoy segura que estaba escondida, ahora la ya la tienes aquí, delante tuyo. Y la pregunta cambia: ¿Por qué somos tan crueles con nosotras mismas? Yo, no lo sé. Pero en este momento, solo me abrazo y prometo hacer las paces con la del espejo.

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A 4 años de las 2 rayitas azules

Hace exactamente 4 años, me enteré que estaba embarazada. No sabía si era 1 bebé, o dos, o tres; porque el doctor me había comentado que era posible ovular dos veces cuando existía una estimulación ovárica “adicional”. Creo que ese fue, de lejos, el mejor día de mi vida. Simplemente, el ver el valor mayor a 5 en la computadora, me hizo llorar de la emoción, como lo estoy haciendo hoy al recordar ese momento. Aquí la historia de ese día:

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Era el tercer día del año y no podía dejar de lamentarme de mi suerte. Una vez más, el sueño de ser mamá y ver las dos rayitas azules en la prueba casera se hacía borroso y más lejano. Salí del baño y llamé a mi esposo para que me ayude a asimilar la noticia: “me vino la regla… tengo algo más que no han descubierto. No puede ser… no vamos a ser papás”.

Ya no era necesario esperar al 4 de enero para sacarme los análisis de sangre. Era obvio que la regla había llegado y con ella también la mala noticia. Ya era hora de volver a Lima y dejar atrás la celebración del nuevo año en la playa. A pesar que Lalo insistiera en hacernos la prueba, yo no lo veía necesario. Era momento de pasar la página y volver a empezar.

Desde el carro llamé al doctor y fue inevitable romper en llanto mientras hablaba con él:

– Doctor, me vino la regla. 
– Uy… no te preocupes. Vas a ver que la siguiente de todas maneras sale. Yo te dije que todo podía pasar y que era muy difícil que se lograra a la primera. Hay parejas que lo intentas muchísimas veces de este modo.
–  Yo sé… pero me pone muy triste igual. Hay forma de que me haya venido pero igual estar embarazada? Vale la pena hacerme la prueba?
– Si te ha venido rojo, rojo, no vale la pena… ya la próxima serán buenas noticias. Ven el lunes para empezar nuevamente con todo.

Durante todo el camino hablamos de eso. Yo ya no sabía si quería seguir intentándolo de esa manera o dejarlo simplemente al destino. Si la vida quería que tenga hijos los tendría, y si no, pues hay muchos niños que necesitan una familia, y fue lo mismo que me dijo Lalo. Lo veía tan seguro y tranquilo que me ayudaba mucho escucharlo. Tenía que ser fuerte y levantarme una vez más. Él insistía en que ya no intentemos de esa manera, siempre mencionaba que era un gran esfuerzo y no era nuestra realidad gastar miles y miles de soles en intentos para ser papás.

Al día siguiente, después de una noche casi sin dormir pensando en lo mismo, él me dijo que por mi felicidad y tranquilidad él haría lo que fuera. Agarró su computadora y sacamos cuentas. Lo intentaríamos las veces que yo quisiera. Me sentí muy feliz de estar ambos en la misma página y había decidido dejarlo todo al destino. Si el mes que viene nos daban ganas de intentarlo así nuevamente, así sería y si no, pues ya llegaría el momento.

A pesar de eso, él seguía insistiendo:

– Pero… de verdad te ha venido la regla?
– Que sí Lalo. No estoy embarazada.
– Es que me parece raro porque no te has quejado mucho.
– No. Simplemente ni ganas tengo de quejarme… 

Pero sí, en el fondo ni me había dado cuenta pero no me había bajado casi nada en 2 días. Era una regla un poco rara, pero para mí, era regla al final.

– Enanita, a mi mamá le vino la regla cuando estaba embarazada.
– Lalo, no insistas. No estoy embarazada. Ya me está molestando tu insistencia.

El domingo fuimos a pasar el día a donde mis suegros y de regreso, ya en la noche me entró la duda.

– Paras en la farmacia un ratito?
– Para?
– Quiero comprar algo…
– Pero qué?
– Nada, solo quiero ir a ver algo…
– Pero dime qué!
– Una prueba de orina!!!
– Ya ves!!! Estás embarazada!
– No, yo no creo. Pero tanto insistes que me entró la duda… ya veremos pero sea cual sea el resultado prométeme que haremos como si nada.
– Te lo prometo…

Con el miedo más escalofriante del mundo lo hice. Esperé solo unos segundos y me rendí. Dejé la tirita al lado del lavatorio y salí molesta.

– Te dije. Ahora aguántame! Es negativo.
– Pero por qué! Qué salió?
– Solo una raya…
– Yo veo dos…
– Hay una sola raya Lalo! No insistas por favor!
– Es que hay dos! La segunda es bajita pero son dos! Nos fuimos a dormir prometiendo que sea cual sea el resultado al día siguiente en la prueba de sangre no nos podíamos hundir ni mucho menos. Nos abrazamos y estoy segura que ambos cerramos los ojos con una sonrisa.

Las "rayitas"... y atrás Lalo leyendo las instrucciones por quinta vez

Las “rayitas”… y atrás Lalo leyendo las instrucciones por quinta vez

Al día siguiente (lunes 6 de enero – bajada de reyes), me hice los análisis muy temprano. Fue el día más largo de la historia humana. Los resultados saldrían a partir de la una de la tarde y aún así revisaba la página cada media hora… PENDIENTE… no salían aún. Hasta que el reloj me avisó que la 1 de la tarde había llegado. Y como todo pasa cuando tiene que pasar, la página se colgó. Llamé a la central y me comentaron que se les había caído la red y que los resultados demorarían 1 hora más… GIVE ME A BREAK! No era posible!

Esperé y llamé a Lalo para entrar juntos esta vez. Si él veía que decía 0.11 o algún número menor a 5 quería que él me lo dijera. No quería verlo con mis propios ojos. Pero él no me contestó, estaba en una reunión de trabajo. Lo haría yo sola…

Le di click a los resultados y ahí estaba. Un cuadro con números frente a mis ojos y yo sin querer leerlos. Veía la pantalla de reojo con una mezcla de sentimientos increíble. Luchaba con querer ver y no querer a la vez, hasta que clavé la mirada directo al resultado: 647.90

Fue un momento increíble. Lleno de emoción, esperanza, felicidad pura. Quería explotar y lo hice, llamé al futuro papá y le dije entre lágrimas que ya! Que por fin seríamos papás! Salió de su trabajo y me recogió para ir a la cita. No podíamos creerlo… era real??? No habría visto mal??? Era demasiado increíble haber visto ese número mayor a 5 por fin!

Al entrar al consultorio el doctor me recibió confundido. No entendía mi cara de felicidad cuando hacía unos días le había llorado en el teléfono, “qué pasó? De qué me perdí?”. Vio los resultados que le entregué y todo quedó claro. Tenía ya 3  semanas de embarazo y ese sangrado muchas veces ocurre en la etapa de implantación.

Después de muchas indicaciones y una que otra receta soltó esa frase que hasta hoy recuerdo tal cual: “bueno, felicidades futuros papás… y por el número de HCG podría apostar que ahí hay más de un bebe”.

Ahora, debíamos esperar 3 semanas más para la primera ecografía y ver cuántos corazones latían junto al mío.

La aventura recién empezaba…

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Así fue que todo empezó

Tengo algunos minutos libre antes de que me agarre el sueño profundo y solo quiera poner la cabeza en la almohada para soñar algo lindo. Últimamente creo que ando TAN cansada que ni sueño, o tal vez sueño pero como igual me canso de soñar, seguro sueño que estoy durmiendo, y así seguimos. Pero hoy sentí esas ganas de escribir que sí o sí se tienen que aprovechar. Uno nunca sabe en cuántos días tendremos más momentos como este: “libre al fin y al cabo”.

Recuerdo que exactamente hace 4 años me encontraba en una situación difícil. Solo tenía 29 años pero, había alojado en mi cabeza la tonta, falsa y errada idea que no podría tener hijos, de manera natural, por más que lo siguiera intentando toda la vida con los mejores pronósticos de los mejores doctores. Había comprobado que no era estéril y que no tenía problemas de fertilidad. La única razón por la que aún no podía salir embarazada, era por el estrés que me caracteriza de toda la vida. Mis amigos de universidad pueden dar fe de ello, pero en fin, estresada y preocupada, las cosas siempre me salen como espero, así que mucho daño no me hace tampoco.

La opción más “natural” de todas sería la estimulación ovárica, para luego inseminar. El clásico método que solo se salta el importante paso de la relación sexual. Hasta hoy retumba en mi cabeza la frase del doctor: “estás segura Marité? Yo no sé si al final tengas un bebé, porque pueden venir dos, tres o hasta cuatro a la vez. No tienes ni un solo problema así que a la primera de hecho que sales”. Nada importaba, yo solo quería ser mamá. Y así fue como el 21 de diciembre del año 2013, mis mellis fueron concebidos. Es loco saber la fecha exacta, pero en mi caso, lo sabemos.

De hecho, la opción por la que opté, puede ser para muchos el camino más corto. Pero creo que había sentido tan cerca esa pena de “no ver resultados”, que me rendí. Tal vez muy pronto, pero me rendí y tuve miedo. Es por eso que siempre que hablo con futuras mamás que desean con todas las fuerzas de su corazón ver por fin ese resultado con dos rayitas, les digo que nunca pierdan las esperanzas. A mí me dijeron algo muy cierto, y es que ahora, en el siglo en el que estamos, no hay mujer que NO pueda ser mamá. Existen miles de maneras de cumplir ese sueño, objetivo, meta, o como quieran llamarlo. Todo depende de las ganas que le pongamos y sobre todo, que no importa la manera en que lo logremos siempre y cuando al final dela historia tengamos ese pedazo de vida que salió de nuestra vida, sea cual sea la forma.

Muchas veces me he preguntado en dónde estaría “HOY” si no hubiese elegido ese camino. Tal vez tendría un hijo, o quién sabe, tendría dos o uno por venir. Pero lo único de lo que estoy convencida es que NADA pasa por casualidad. Todo tiene una razón de ser y está escrito en cada libro. Mis hijos vinieron a mí, porque ellos ya me habían elegido como su mamá, y ese es el proyecto más importante que tengo hoy. A pesar de lo difícil que se vuelva la vida, los obstáculos los que vinieron al mundo y las veces que puedo preferir tirarme de un abismo para huir de los gritos y llantos al menos unos minutos. Todo eso es necesario para entender que es la realidad que estoy viviendo ahora. Pero al final del día, siempre agradeciendo por lo bendecida que soy.

Dicen que cuando pides un deseo con el alma… y frente a un volcán, el deseo tarda pero se duplica. Me pasó a mí ❤

Todo pasa en el momento en que tiene que pasar, y además, nada sucede en vano. Por eso, cuando la vida te sorprenda, simplemente déjate sorprender por más que creas que todo es un sueño. Tal vez ese sueño por fin tocó tu puerta y ahora es tu turno. El juego comienza cuando tú lo entiendes. Nada más cierto que eso.

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A cuidar los alimentos, se viene el verano

Hace unos días nos fuimos a almorzar a la calle con los chicos. Primero nos aseguramos que comieran e la casa lo que siempre les cocinamos con las mejores condiciones; son más especiales para comer que lo que yo hubiera imaginado, por eso siempre les doy cosas que los alimenten y así luego en la calle no me hago problemas si es que no comen. Llegamos al restaurante y Marcel comió papitas y un vaso enorme de chicha. Naelle, nada.

En el carro, ya camino al parque para corretear, Marcel empezó a quejarse de la panza “me pica mi panza mamá. Me pica”. Yo pensé que estaba fastidiado porque ya no está durmiendo en las tardes, así que traté de cambiarle el tema hasta que llegamos al parque. Me bajé del carro, para sacarlo de su silla y revisarle la pancita, y antes de llegar a su puerta “JUACATE”, todo el almuerzo para afuera. Lo saqué asustada, pue son hay nada que me asuste más que la fiebre y el vómito en mis hijos, y traté de ayudarlo a calmarse un poco para poder cambiarlo.

Le di mil vueltas y repasos a todo lo que había comido para ver qué le pudo caer mal. Hasta hoy, creo que el sol, que ya empieza a salir en estos días, descompone toda la comida de manera hiper rápida. Por eso hay que tener mucho cuidado con la manera en que guardamos los alimentos en la refrigeradora. Y hay todo un mundo detrás de este tema, por ejemplo, yo no tenía idea que incluso dentro de las refris, la temperatura varía constantemente, y esto afecta directamente los alimentos que están dentro de ella.

Esta semana me invitaron a probar los beneficios de la nueva “LG Linear Top Freezer” y gracias a esto es que aprendí un poco más sobre cómo cuidar los alimentos, sobre todo en la época más caliente del año donde todo, se descompone rápidamente. Si comparamos alimentos frescos en un refrigerados convencional con este que tiene una fluctuación de temperatura más uniforme y con menor rango de variaciones, a los 7 días podemos ver que el color no ha variado mucho, la consistencia tampoco, e incluso no han perdido ni tamaño, peso ni forma.

Esta refri tiene un mecanismo en la puerta que se llama “Door Cooling”, el cual permite que la uniformidad de la temperatura enfríe 35% más rápido que un sistema convencional. Es decir, ese ducto de aire en la misma puerta permite que todo el interior, y la brecha antes de salir a la intemperie, sea mucho más parejo. Además de esto, una de las características que me pareció excelente es que el sistema “Hygiene Fresh” es un filtro que elimina bacterias en un 99% y minimiza los malos olores que tal vez puedan desprender las carnes, o los alimentos que guardamos luego de cocinar.

La mejor noticia para los ahorradores, es que con este sistema hay un mejor ahorro de la energía porque al tener menos puntos de fricción reduce el consumo energético y además produce menos ruido (nulo realmente).

Creo que cuando uno empieza a ser independiente, le da mucho más importancia a este tipo de cosas. Cuando investigo un poco más acerca de los electrodomésticos para mi casa y mi familia, pienso en mi mamá. Cuánto nos parecemos a ellos cuando se trata de darles lo mejor a nuestro hijos. Por ahora, yo le enseñaré mi refri nueva, para ver si la convenzo y cambia la suya que ya cumplió su ciclo de vida, y suena como carcacha vieja.

Mira el producto en el siguiente enlace:
http://www.lg.com/pe/refrigeradoras/lg-LT41WGP
http://www.experienciaslg.com.pe/

#RefrigeradorasLG #LGTopFreezer #LinearT/F

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A ustedes

Sentada frente a la computadora, escuchando sus respiraciones a lo lejos, pienso en qué escribir. A veces tengo tanto que decir que apenas puedo ordenarme y separar temas de acuerdo al tiempo. Pero hoy, con la luz de la lámpara y tratando de teclear lo menos posible para que no se despierten, quiero escribirles algunas cosas a ustedes, mis hijitos.

Estamos ya en el segundo mes de nuestra modalidad de “mamá de oficina”, y creo que ya nos vamos acoplando al horario. Sin dejar de extrañarnos, sin dejar las llamadas para ver si llegaron bien al nido, si regresaron bien del nido, si almorzaron, si durmieron, si están aburridos, si preguntaron por mí y un sinfín de preguntas dependiendo del día y las circunstancias.

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El día empieza a las 6:00 am que suena la alarma, aunque debo confesar que cinco minutos antes mi reloj interno me hace abrir los ojos y pensar en la “nada” por unos segundos. Me levanto para prepararles sus leches y así garantizar que se queden dormidos mientras me baño en 10 minutos a lo mucho. Luego, cuando ya estoy lista para salir, me doy tres minutos para mirarlos uno por uno, darles un beso en la frente (o en el cachete, todo depende de la posición en la que los encuentre) y les hago la señal de la cruz diciendo “que Dios te cuide y te proteja todo el día, te amo como no tienes idea, nos vemos más tarde”. Siempre, siempre, siempre es así y si por alguna razón no lo hago, regreso para hacerlo como sea. Es como que algo necesario para salir de mi casa tranquila.

Llego a la oficina y empieza mi día. Entre mails, reuniones, solicitudes, llamadas, una que otra discusión y pendientes acumulados, siempre hay espacio y tiempo para llamarlos. Escuchar sus voces, recibir sus fotos y saber que están bien, me recarga de energías para seguir un poco más. Las horas se pasan volando y el reloj marca el momento esperado para poder coger las llaves del carro y volar a su encuentro.

Pongo música y trato de limpiar mi mente para llegar y empezar con las mil aventuras que imaginamos juntos. Me reciben con un fuerte: MAMÁ!!!!! Y me dan uno de esos abrazos que curan a cualquier enfermo, hacen sonreír a cualquier deprimido, y transmiten el amor más puro del mundo. Luego llega la hora del baño, un cuento, música y a dormir. Al día siguiente todo vuelve a empezar.

Tú, mi china, siempre pendiente esperando que llegue a casa para decirme: ¿Mamá qué me has traído?, pero poco a poco entendiste que no siempre mamá llegará a casa con una sorpresa. Entendiste que un abrazo, un beso, un juego lindo y hasta un baile juntas es una de las sorpresas más lindas que te puedo dar como mamá. Acordarme de tu sonrisa traviesa y de tus preguntas más que perfectas, llena mis horas lejos de casa. Mi china perica, esa que me ayuda desde que entro a la casa a sacar mi pantuflas y la que me mira con ojitos cansados diciéndome: “pobre mi mamá está cansada”, como si de verdad sintieras lo que yo siento. Mi hermosa pequeña mejor amiga, esa que se parece tanto a mí que a veces me asusta. Me asusta porque tienes que ser mejor que yo, ser más fuerte y menos emocional, ser esa guerrera que vino al mundo para remecerlo y ponerlo de cabeza. No por nada fuiste mi pequeño milagro que con tan solo 2,020 kg se aferró con uñas y dientes a este mundo. Eres una estrella que brilla con luz propia Naelle, nunca lo olvides porque serás grande.

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Tú, mi chino enamorador. Me recibes con una sonrisa que te sale del alma, me derrites con esos ojitos llenos de felicidad y siempre me dices: “ahora mi turno”, luego del beso que le doy a Naelle. Mi hombrecito inteligente, ese que me hace pensar que los milagros existen y que aprender de cada detalle es lo que más nos hace crecer como personas. El que me reta todos los días, el que me enseña a crear más “paciencia” cuando pienso que ya se me acabó la última gota. Ese que me da abrazos traviesos y me sonríe con el hoyito en el cachete. Ese pequeño gigante que aún no puede dormir sin agarrar mi mano y si en la noche se le pierde, la reclama desde su cama. Ese pequeño que sabe que su mamá llora de emoción con cada paso, con cada logro, con cada sonrisa, con cada mirada cómplice. Como siempre te digo antes de dormir: vas a ser un gran hombre.

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Aún nos falta mucho por vivir, pero lo mejor de todo, es que siempre que miremos a los lados, estaremos ahí. El uno para el otro, para darnos ánimos, fuerzas y todo lo necesario para seguir caminando con la mirada bien enfocada hacia adelante. Porque así quiero verlos toda la vida, caminando siempre mirando al frente y siempre queriendo más.

Por ustedes, todo.

Mamá (de doble yema).